jueves, 11 de septiembre de 2014

El valor de las hermandades

Quienes peinamos canas nos parece mentira haber sobrevivido en los años de niñez y adolescencia sin los medios de comunicación ni las redes sociales, que no solo nos proporcionan la información, sino que además lo hace de una manera inmediata. El otro día, conversando con un joven amigo y contertulio cofrade se me quedó nuestra conversación dando vueltas a la cabeza haciendo me reflexionar.

Por instante se me vinieron a la mente mis años infantiles, esos años de marchas en cintas de cassette o de discos “chicos” editados por la discográfica “Alhambra” o la mítica “Discoteca Pax”; del libro del Padre Federico Gutiérrez (el libro de las fotos como le conocíamos) y de aburridas tardes esperando que llegase la cuaresma y con ella la publicación de los especiales cofradieros en las páginas de huecograbado del Diario ABC con las no menos míticas fotos de Luis Arenas, Haretón, Martín Cartaya, Gelán.
Recuerdo con especial cariño de aquellos años las tertulias en el patio del colegio durante el recreo o al ir y volver a nuestras casas con los amigos y compañeros y una de las preguntas que siempre rondaba nuestras conversaciones era  ¿Cómo sería la “fundación” de una hermandad? ¿Cómo comprender en la mente de un niño lo que era la fundación de una hermandad? ¿Tendría acaso un ritual especial y misterioso solo al alcance de algunos privilegiados que eran los “fundadores” de la cofradía?
El tiempo fue poco a poco dando respuesta a estas preguntas, y a mis años son muchas las hermandades que hemos visto nacer y muchas de ellas también se han incorporado a la carrera oficial. Realmente no es algo nuevo, pues la generación de nuestros padres ha sido testigo de la fundación de otras muchas hermandades que también se fueron incorporando a la carrera oficial, y a las que hoy día no solo se las considera como “clásicas” sino que sería inconcebible una Semana Santa sin ellas. De esta manera, si nos fuésemos remontando paulatinamente en el tiempo sería raro encontrar alguna generación que no haya conocido el nacimiento de alguna hermandad, e incluso el ocaso de alguna de ellas. 
Tampoco somos extraños a la fusiones de hermandades: si recordadas en la historia las fusiones de 1623 por los Edictos de Reducción de las Hermandades sobrevenidos a su vez por el Sínodo Diocesano de 1604 promovido por el Cardenal Niño de Guevara, en nuestros días hemos sido testigos también de la fusión de hermandades como la Sacramental de San Vicente con la Cofradía de las Siete Palabras en 1966, o la de la Sacramental de San Andrés con la Cofradía de Santa Marta en 1982.

Como digo, hoy día no es que hayamos sido testigos de la creación de las nuevas hermandades, sino que gracias a los medios de comunicación, las hemos conocido en primera persona y con todo lujo de detalles, siendo plenamente conscientes que la organización de las mismas responde en la práctica totalidad de los casos a necesidades pastorales, pues la vida de la ciudad se ha trasladado del centro hacia los barrios, a acciones sociales llevada a cabo en las Parroquias donde los feligreses se aglutinan y trabajan por los demás a la par que indisolublemente dan culto a Dios y su Bendita Madre.  


Foto: www.misfotoscofrades.blogspot.com.es
De entre todas las personas que han intervenido en la fundación de una hermandad, es muy posible que alguno haya tenido motivos egoístas o de promoción personal, seguramente cada uno conocerá algún caso concreto. Pero, aunque esto fuera así, ¿cómo puedo yo valorar negativamente a una hermandad solo porque alguno de sus hermanos haya podido hacer algo que no sea de mi gusto? Evidentemente no puedo menospreciar a una hermandad por esta razón sin faltarle el respeto por ello a todos sus hermanos.

Una hermandad no es grande ni pequeña en razón de su patrimonio o sus siglos de historia. El valor de una hermandad lo gana en su trabajo diario, por las acciones sociales llevadas a cabo, por su integración en las parroquias en las labores de formación y evangelización. No es necesario poner ejemplos, pues son más que evidentes. Simplemente me quedare con lo que es el mejor testigo de la vida de una hermandad y es su estación de penitencia. Una hermandad cerrada y oscura ve disminuir su cortejo, mientras que una hermandad abierta y viva lo verá crecer. En nuestra mano está el dar vida a nuestras hermandades con nuestro trabajo diario en “pro” de los demás, y sobre todo  en al amor fraterno de sus hermanos del mismo modo que en libro de los Hechos de los Apóstoles se nos dice cómo deben  reconocer que somos cristianos: El número de los cristianos aumentaba cada vez más. Quienes los veían decían: ¡miren como se aman! (Hch2, 42-47)

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