Mostrando entradas con la etiqueta Jubileo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Jubileo. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de septiembre de 2019

Unidos en la Fe, Caminamos en la Esperanza




La Pascua es el tiempo litúrgico por excelencia. Es la celebración del triunfo de Cristo sobre la muerte que da sentido y contenido a la Iglesia. Los primitivos nazarenos celebramos el Domingo de Pascua el día fundamental que es, donde además el Dulcísimo Nazareno se nos muestra desde la gloria de su paso, escoltado por los ángeles que guardan su Luz, mientras abraza la seña de su triunfo en la más cierta Exaltación de la Santa Cruz, aunque al sevillano modo cede su protagonismo en éste día en favor de su Madre, ante cuyo paso celebramos la más grande Gloria de los creyentes que rubricamos repartiendo el azahar que le acompañó en la madrugada. No es, por tanto casualidad, que hayamos aprovechado este tiempo pascual para celebrar, en una radiante mañana de mayo, el Año Jubilar de la Esperanza, concedido por la Penitenciaria Apostólica de la Santa Sede con motivo del sexto centenario del origen de la advocación de la Esperanza, que es a su vez el origen de la fundación de la Hermandad de la Esperanza de Triana. Porque la Esperanza es esa virtud teologal por la que deseamos a Dios como bien supremo. Vivir la Esperanza es creer en Cristo que es Dios omnipotente y bondadoso que no falla a sus promesas y, como dice el Eclesiástico: “¿Quién que hubiere invocado a Dios, haya sido despreciado por El? (Eclo 2,10)  La Virgen de la Esperanza nos trae en su nombre el más grande compendio del amor de Dios, unido a su maternidad divina y su pureza inmaculada, y es, por esto, el salvavidas al que se aferran todos sus devotos. Cuando llegamos a la Capilla de los Marineros y, aunque se estaba oficiando una boda, con la discreción oportuna en estos casos, fuimos accediendo a su interior para saludar a quien es fuente de Esperanza y motivo de nuestra peregrinación, siendo testigos de cómo Dios Padre corona el retablo mayor desde el que la Stma Virgen preside la capilla, y en ese primer saludo el corazón no pudo menos que exclamar: “Dios te Salve María, hija de Dios Padre”.

Cumplido este primer e imprescindible saludo a la Señora, iniciamos nuestra jornada visitando el magnífico museo que ha instalado la hermandad para dar a conocer su historia, su cofradía y, como no, para proclamar la gran devoción que se profesa a la Virgen de la Esperanza; visita que fue dirigida por el responsable del museo, quien nos ilustró con los detalles del mismo. Comenzamos la visita admirando una impresionante descripción de la cofradía y su evolución a lo largo de los años, cuidando siempre su particular personalidad totalmente enraizada en su barrio e inspirada en los motivos cerámicos que le caracterizan. Las siguientes secciones del museo están dedicada a la gran devoción que se profesa a la Stma Virgen de la Esperanza, con un apartado especialmente dedicado  a su Coronación Canónica, y con una gran muestra del fervor popular que suscita, reflejado en los muchos presentes realizados a lo largo de los años por sus devotos y personajes populares en el transcurso de la historia, sobre todo la más reciente: toreros, artistas… pero sobre todo, lo que queda patente es el gran amor del barrio y sus gentes, de la ciudad entera y allende sus fronteras. Finalizada la visita al museo, nos dirigimos a la Capilla para participar en la Eucaristía que, presidida por N.H. Rvd. P. Andrés Ybarra Satrústegui, fue el centro de nuestra peregrinación, donde además de celebrar el amor de Dios, participamos del Jubilo de la Esperanza, y allí sentados en los bancos esperando el inicio de la Santa Misa, continuamos la contemplación de la Madre de Dios y de su Divino Hijo, Señor de las Tres Caídas, en su altar junto al de la Madre, y ante ambas imágenes, y porque para todo hijo es un sueño su madre, de nuevo brota del alma el saludo a quien es estrella de los mares: “Dios te salve María, madre de Dios Hijo”.

Decíamos que nada es por casualidad, por eso quiso el Dulcísimo Nazareno que nuestra peregrinación fuese el VI Domingo de Pascua en el que el mensaje principal de su liturgia es que Dios es amor, como nos dice el evangelista Juan, y nadie tiene el amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Dios nos ama y nos amó primero y de ese amor que Dios nos regala nos viene el mandamiento del Amor, verdadero compendio y resumen de todos los demás mandamientos y que precisamente se nos manifiesta en la Esperanza, cuyo Jubileo recibimos. La celebración de hoy es una bendición que nos invita a convertirnos, poniendo amor donde estemos, y sobre todo siendo cauce de ese amor de Dios para con nuestro hermanos, por lo que hemos de vivir el Jubileo de la Esperanza como auténticos seguidores de los primitivos nazarenos que nos precedieron y, muy especialmente, como buenos hijos de la Esperanza y la Concepción. Y pues ese Amor de Dios nos llega a través del Espíritu Santo, por quien actúa el Padre y el Hijo en nuestros días, en nuestra personal e íntima salutación decimos a la Señora: “Dios te Salve María, esposa del Espíritu Santo”.

Finalizada la eucaristía nuestro hermano mayor, Eduardo del Rey, dio las gracias a la hermandad de la Santísima Virgen de la Esperanza por la fraterna y cariñosa acogida que nos ha dispensado, materializándose en la ofrenda de un centro de flores para quien es Reina, Madre y Capitana, dulcísima Esperanza. Alfonso de Julios, hermano mayor de la Esperanza, agradeció nuestra visita entregando, a su vez, a nuestra hermandad el diploma acreditativo como signo y rúbrica de la extraordinaria Peregrinación vivida ante la Virgen de la Esperanza y que nos debe servir siempre a los primitivos nazarenos para ser mejores cristianos y personas, y también para unir más a nuestras hermandades por el bien de la madrugada, de nuestra semana santa y de la Iglesia. Y a los pies de la Stma Virgen, mientras nos hacíamos una foto grupal como recuerdo de éste sábado de pascua,  junto al Padre y al Hijo y en su Santo Espíritu que nos congrega, nos despedimos de la Señora con la salutación final: “Dios te Salve María, templo y sagrario de la Santísima Trinidad”.

Como colofón a esta extraordinaria jornada no podía faltar un refrigerio de confraternización para festejar, a lo humano, las divinas gracias obtenidas en ésta alegría de la Esperanza y signo claro del Amor de Dios, cuyo mejor resumen es el lema elegido por la hermandad de la Stma Virgen de la Esperanza para su Jubileo “Unidos en la Fe, caminamos en la Esperanza”.

jueves, 1 de agosto de 2019

El Jubileo (Dios está aquí)


De los tres fines y pilares fundamentales que conforman nuestras hermandades es el culto el primero de ellos por ser el que vertebra y da razón de ser a las mismas como asociaciones de fieles que nos reunimos a meditar en torno a un misterio de la pasión del Señor. Muchos son los actos de cultos y piedad popular que las hermandades tenemos a lo largo del año pero quisiera fijarme en el que tributamos directamente a la real presencia sacramental de Dios en la eucaristía.

La adoración eucarística siempre ha tenido un papel protagonista en los cultos de nuestras hermandades pues, aunque desde la reforma litúrgica del Vaticano II se puede celebrar la eucaristía por las tardes al reducir el tiempo de ayuno para la comunión a una hora, antes de dicha reforma los cultos se realizaban sin misa, con exposición mayor de S.D.M. ante quien se rezaba la estación al Santísimo al exponerlo, Santo Rosario, se cantaban las coplas propias de cada hermandad, la homilía centro del culto, y culminando el mismo con la Bendición Solemne y Reserva. El último día se finalizaba con la procesión claustral, que aun conservamos en la mayoría de hermandades. Hoy en día celebramos los cultos diariamente con la Eucaristía pero, en recuerdo de esta forma preconciliar, muchas hermandades suelen tener exposición diaria antes de la misa o al menos exposición el último día con la procesión claustral que antes mencionamos. Muchas hermandades están acogidas al Jubileo Circular de las 40 horas como culto de adoración a Dios en la Eucaristía, bien coincidiendo con alguno de sus cultos de regla, bien uniéndose al mismo cuando le toca a la parroquia donde residen, máxime si son sacramentales. En otras, como el caso de mi hermandad de Vera+Cruz, constituye un culto aparte de honda significación para nosotros, pues por la fecha que nos corresponde a finales de Julio supone el sonoro colofón y cierre definitivo del curso cofrade previo al mes de vacaciones que sirve para todos los arreglos y mantenimientos que requiere nuestra capilla y que no se pueden hacer durante al año.

En breve nos centraremos en este Jubileo pero antes debemos detenernos en la significación que, en sí, tienen las especies eucarísticas. El cuerpo y la Sangre de Cristo en las especies de pan y vino tiene su auténtico sitio en la propia celebración de la Eucaristía pues, es en la misma donde no solo recordamos la pasión, muerte y resurrección del Señor, sino que en dicha celebración actualizamos el sacrificio del cordero pascual, volviendo a realizarse la muerte y resurrección de Cristo sobre el altar con todo el beneficio de la Salvación y, posteriormente, dándose a comer a los fieles en las formas de pan y vino uniéndose Dios a nuestro ser. Este es el verdadero lugar de las especies eucarísticas, donde adquieren su auténtico sentido, pero la necesidad de disponer del cuerpo de Cristo para administrar el viatico a los enfermos introdujo la reserva de la sagrada forma en el sagrario y por añadidura se incorporó la costumbre de exponerlo en adoración para que los fieles pueden reconocer en ella la maravillosa presencia de Cristo y sea una invitación a unirnos de corazón con él.

El jubileo circular de las 40 horas es un culto de adoración al Santísimo Sacramento. La adoración eucarística de las Cuarenta horas, tiene su origen en Roma, en el siglo XIII, teniendo un sentido penitencial como expiación ante los pecados, siendo las cuarenta horas el tiempo que estuvo Cristo en el sepulcro. En el siglo XVI tuvo un gran impulso en Milán por parte de San Carlos Borromeo siendo S.S. Clemente VIII, en 1592, quien fija las normas para la realización de este jubileo,  y S.S. Urbano VIII en el S.XVII quien extiende esta práctica a toda la Iglesia.

El nombre de Circular es porque al terminar la Adoración en una Iglesia, que dura tres días, el jubileo debe comenzar en otra iglesia de la misma ciudad, sin interrupción, excepto los tres últimos días de Semana Santa (Triduo Pascual: Jueves, Viernes y Sábado Santo) por la liturgia especial de dichos días.  

Se le llama Jubileo por las indulgencias y privilegios que la Santa Sede le ha concedido: Indulgencia Plenaria, una por cada día del Jubileo en las condiciones acostumbradas y rezando 6 padrenuestros, avemarías y glorias uno para cada una de las Cinco Llagas del Señor y el último por las intenciones del Romano Pontífice. También se puede ganar indulgencia parcial para uno mismo o por los fieles difuntos, bien sean conocidos o en sufragio de las almas del purgatorio.

Como comentaba anteriormente el jubileo en Vera+Cruz, aparte de corresponderse con el auténtico final de curso, es un culto íntimo y recogido pues las especiales fechas que son (lo acabamos de celebrar) hace que sean pocos los hermanos que acuden por ser época vacacional. Este recogimiento e intimidad hace que, por un lado sea especialmente devota la adoración al Señor y por otro que se estrechen verdaderos lazos de hermandad entre los que participamos en el mismo por los especiales vínculos que se crean por esta relación tan personal, unidos a la multitud de anécdotas que podemos vivir. Hubo años en que podíamos hacer turnos a mediodía para no tener que cerrar la capilla a mediodía y que estuviese el Señor acompañado en todo momento, cuestión ésta que era posible por los que teníamos la fortuna de vivir en los aledaños de la capilla, siendo una circunstancia que dificulta hoy día la vida de las hermandades de centro. El transcurso de los años hace que se note especialmente la falta de los hermanos que ya están en el jubileo eterno de la presencia divina, sobre todo de aquellos que compartimos adoración al Santísimo en hermandad.

Amigos cofrades, vayamos al jubileo. Compartamos con nuestros hermanos esta oportunidad que nos brinda la Iglesia de estar junto al Señor. Pues con ello no solo estaremos alabándole y dando gracias, sino que además cumpliremos con uno  de los pilares básicos de nuestras hermandades, que es el hacer las cosas en comunidad, compartir momentos de convivencia con nuestros hermanos y estrechar lazos con ellos, y sobre todo teniendo presente que, además que estemos reunidos en su nombre, verdaderamente sentiremos su presencia, porque Dios está aquí.

viernes, 9 de noviembre de 2018

La ciudad de la Esperanza

Publicado en la web ElCostal.org


¿Qué es la ciudad? Por definición es una población donde se asienta y habitan personas que desarrollan una actividad principalmente industrial y comercial. Está compuesta por un conjunto de edificaciones e instalaciones que están principalmente orientadas hacia este fin, y que dan a cada urbe una imagen y personalidad propias que hace que cada una de ellas sea diferente, con su propia identidad, carácter, clima, su geografía, sus propias costumbres que se han ido configurando a lo largo de su historia. Es esta historia de la ciudad, su evolución, como han variado sus edificaciones en el transcurso de los años por los distintos avances científicos del hombre lo que, no solo le confiere su propia imagen e identidad, sino que influye en sus habitantes condicionando su formación, sus sentimientos, su forma de ser, porque no somos meros observadores de ella, sino parte activa en su evolución, y a la vez esta evolución de la urbe moldea nuestra forma de ser como integrantes de la misma.

Muchos son los puntos de vista desde los que se puede ver la ciudad, siempre según sea la perspectiva de quien la observe: periodistas, arquitectos, artistas, docentes, discentes, políticos, religiosos, meros trabajadores, comerciantes, políticos, turistas,…. Y Vd., amigo lector, ¿cómo la ve? La realidad es que la ciudad es la suma de todos ellos y una proyección de los sentimientos de cada uno de sus habitantes que, apoyados en las singularidades de la urbe antes mencionadas, la hacen suya identificando ambas personalidades. Una vez imbricados ciudad y ciudadano y el todo que conforman, podemos ver como sus peculiares características dotan a cada ciudad de una identidad única que las distingue de las demás. París es conocida como la ciudad de la luz, bien porque fue la primera ciudad con alumbrado público en el siglo XVII, bien porque entre Luis XV y la revolución francesa fue la capital mundial de la filosofía, cultura y pensamiento en lo que fue el siglo de las luces, o bien porque simplemente la luz del sol tiene otra dimensión cuando simplemente paseamos por ella. Venecia es la ciudad del amor por el romanticismo que tiene dar un paseo por sus calles ni que decir tiene de pasear en góndola por sus canales,… Pues Sevilla es la ciudad de la Esperanza…

Sevilla es la Ciudad de la Esperanza porque toda su geografía urbana está marcada con esta singular Advocación de la Virgen María a través de la cual cada uno manifestamos nuestro amor por la Madre del Señor con diferentes matices, porque una misma Esperanza tiene hasta cinco diferentes manifestaciones: es Fuente de Gracia en calle Recaredo; Pura Rosa Trinitaria y Auxilio de los Cristianos en la Trinidad; en San Martín es la Divina Enfermera que cura nuestras almas; es el Oficio Divino en la calle Castilla; en el Arco es la Cara con reflejos de “mariquilla”; y en la calle Larga…

Porque en la calle con el nombre más bonito para que viva la Virgen María: Pureza, tenemos la constatación que Cristo es Dios omnipotente y bondadoso que nunca falla a sus promesas, porque todo aquel que hubiere invocado a Dios nunca ha sido despreciado por El. Porque la Esperanza es esa virtud teologal por la que deseamos a Dios como bien supremo. La Virgen de la Esperanza nos trae en su nombre el más grande compendio del amor de Dios, unido a su maternidad divina y su pureza inmaculada, y es, por esto, el salvavidas al que se aferran todos sus devotos, y por esto en la culminación del Año Jubilar de la Esperanza, concedido por la Penitenciaria Apostólica de la Santa Sede con motivo del sexto centenario del origen de la advocación de la Esperanza, que es a su vez el origen de la fundación de la Hermandad, la eclosión de júbilo de su barrio y de la ciudad entera no tiene parangón. 

Con vuestro permiso y como ejemplo de devoción a la Esperanza quiero tener presente a  Francisco. Aunque no vive en la ciudad, gran parte de su familia si procede de aquí, enraizada en sus costumbres y tradiciones. La otra parte de su familia no es de la ciudad, aunque también la conoce, valora y la disfruta. Francisco es cofrade de cuna, persona de iglesia y cofrade convencido y activo, hermano de nacimiento de la cofradía familiar de su localidad natal. En sus doce años de vida, desde que tuvo uso de razón tuvo muy claro que su devoción era la Esperanza, pero ésta en la que su propio Hijo nos dice cada día que no importa las veces que podamos caer, teniendo confianza en Dios y amor de su Madre todo es posible. Son varias las formas por las que llegamos a ser hermanos de una cofradía, la familia, los amigos, el barrio, y el sentimiento… La primera madrugada que su corta edad le permitió aguantar el sueño y ver a la Esperanza en la calle le marcó definitivamente, si casi desde la cuna su identidad cofrade estaba junto a Ella, contemplarla en su triunfal procesión de cada madrugada le hizo tomar la decisión: tenía que formar parte de sus filas… El jueves vio cumplido su sueño. Con su cirio, para alumbrar el camino de la Señora, fue parte de su cortejo y solo hay que ver su cara para comprobar cuál es el rostro de la felicidad, de la ilusión hecha realidad. Como el rostro de Francisco el de todo su barrio, el de toda Sevilla, el de todos sus devotos, explosión de gozo, alborozo, alegría, felicidad, júbilo, entusiasmo, y sobre todo amor y cariño para quien es Reina, Madre y Capitana, dulcísima Esperanza.

Por esto Sevilla, es la Ciudad de la Esperanza…