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jueves, 9 de abril de 2020

Pertiguero de María Santísima de la Concepción

Publicado en el boletín digital extraordinario de la Semana Santa de 2020 de la Archicofradía de Jesús Nazareno, Santa Cruz en Jerusalén y María Santísima de la Concepción.

El viacrucis de 1983 fue un antes y un después, sobre todo para quien esto escribe. Fue el momento de una decisión en que la devoción pudo más que la tradición familiar. Porque tantos días de infancia en misa en San Miguel –como se le conocía por entonces– no podían quedar en la nada. Y así, al año siguiente, al volver del servicio militar, quien escribe presentó su solicitud de hermano y fue recibido por el señor Censor (Eduardo Recio) en la preceptiva entrevista a los candidatos previa a ser aceptados como hermanos de la Archicofradía. Y en esa siguiente Semana Santa, llevó prendidas junto al corazón las cinco cruces que unen las cinco llagas de Jesús Nazareno con ese afán de sus hermanos por imitarle.

Salir de pertiguero de María Santísima de la Concepción fue un algo caído del cielo. Nunca mejor dicho, pues ir delante de nuestra Inmaculada Madre es un avance del cielo que nos aguarda. Aunque no tuve duda alguna en mi decisión de aceptar el sitio, he de reconocer que en mi casa no fue un plato de gusto, pues, en aquellos años, no estaba extendido el uso de los acólitos hermanos, siendo aún los profesionales de Santizo quienes hacían tal función. Recuerdo a mi madre como si fuese hoy mismo: Entonces ¿vas a salir como tu tío Juan Luis?. (Por cierto, el recuerdo que tengo de mi tío Juan Luis de acólito fue precisamente como cirial de María Santísima de la Concepción). Pues sí, y no solo salí como mi tío, sino que los dos primeros años como pertiguero los hice con personal de Santizo en los ciriales e incensarios. Ya al tercer año fuimos hermanos todos los acólitos de la cofradía, y eso se notó a la hora del orden y de la compostura, pues el nazareno se lleva dentro y no hace falta nada especial para que la cofradía sea la que es; solo que cada uno deje salir su nazareno interior: todo es verdad, nada impuesto ni forzado, de ahí que no seamos más ni menos que los demás, solo nosotros mismos. Como anécdota muchos amigos me han pedido muchas veces “que ponga la cara de serio de la Madrugada”. Y siempre les he respondido: “Es que yo no pongo ninguna cara en la Madrugada”. Simplemente salimos alumbrando su camino, o abrazando su cruz, a adorarle en el Monumento catedralicio.

En los muchos años que he tenido la fortuna –y el privilegio– de ser el pertiguero de la Virgen, siempre he sentido la misma emoción, como si de la primera salida se tratase. Vestirse en casa,… porque los acólitos también nos preparamos para salir: camisa blanca, manoletinas (en la bolsa), medalla (al cuello pero oculta), papeleta de sitio,… De soltero, en casa de mis padres. Ya de casado, en casa de otros hermanos nazarenos con la emoción de que, al prepararse para la Estación de Penitencia, se le añade el hacerlo en hermandad. Salir para la Iglesia; si vamos en grupo, en fila y convenientemente separados, para que no se rompa esa individualidad que caracteriza al Primitivo nazareno. No obstante, para los acólitos siempre resulta más complicado, pues al ir de paisano, el público de la Madrugada no sabe que ya vas en Estación de Penitencia y es más difícil pasar entre ellos. La llegada a la Capilla de Jesús Nazareno, sin que importen los años que lleves haciéndolo, siempre tiene el mismo repeluco: “Creo en Dios, Padre, Todopoderoso…”. Adquiere una dimensión especial cuando lo rezas arrodillado ante el Dulcísimo Jesús Nazareno. Luego, la Salve a la Santísima Virgen y al patio. Los primero años –Nazarenos de la Virgen al fondo del patio–, aún había bancos en el atrio que usaban los Primitivos más veteranos. Los acólitos nos vestíamos en la casa, en la sala del televisor, y pasábamos por turnos por el preceptivo barbero que nos dejaba a punto de revista, mientras los músicos cenaban un bocadillo que les permitiese aguantar el tirón de la noche una vez que las notas de Vicente Gómez Zarzuela quedaban guardadas en la memoria del cofrade hasta un nuevo Jueves Santo. Vuelta al atrio: fervorín y lista que pasábamos junto al resto de los nazarenos mientras las circunstancias lo permitieron. En pocos años, cambiamos el lugar de vestirnos por el de la sacristía alta y baja, donde debíamos permanecer ante el aumento de hermanos en la Estación penitencial. Incluso el fervorín y la lista los tuvimos a domicilio (¡qué gran recuerdo de nuestro querido don Eduardo Ybarra!)
Y la hora. Cerrojazo, saeta y Santa Cruz en marcha seguida por dos filas de nazarenos de cera morada. ¿Silencio? No hay silencio. Se escucha el crepitar de la cera y, en unos segundos solo, la primera llamada al galeón del Nazareno. Tres golpes y venga de frente. He de confesar que un momento al que nunca he faltado en mis años de pertiguero es a la salida del Señor. Zapatillas en la rampa, saeta y los flashes del público. Quien no lo haya visto no sabe la grandiosidad de este instante que, por cierto, siempre me ha gustado enseñar a los pajes, servidores y nuevos acólitos, porque los grandes momentos se disfrutan más si los vives en hermandad (esa es la grandeza de nuestra Estación de Penitencia). Nazarenos de cera blanca, nuevos tres golpes y primera levantá del palio. Ciriales en formación y ascua de luz que emboca el arco grande, (recuerden la película de Juan Lebrón). Venga de frente. Paje enviado a la Santa Cruz. Nueva saeta. Ciriales y cirios arriba. Sevilla en silente oración a la Llena de Gracia.

Camino a la Catedral. Ciriales arriba y abajo. Distancia, acordeón. “Escudos al frente”. Y encendiendo los ciriales. Grandes canastillas de los que he aprendido cómo es el andar primitivo: Fernando Aguado, Rafael Molina, Manuel Palomino, Juan José Cabrero, Eduardo del Rey, Alberto Ybarra, Enrique Martín Macías, Manuel Gil… Poco a poco, cuidando del horario y con las venias del Consejo (por delegación de la Autoridad Eclesiástica) y de la ciudad, llegamos a la Catedral a cumplir con el fin y precepto de la salida: adorar a Dios eucaristía en la real presencia en el Monumento. Catedral a oscuras, doble genuflexión e incienso (tres de tres, como el Papa Francisco en la Adoración extraordinaria en San Pedro en la oración por la pandemia): primero en el trascoro, ante la puerta de la Asunción; después ante la puerta de la Concepción, bajo el cuadro de Groso con bandera blanca votiva (“Cuidado con las lámparas de la primera nave del trascoro en la oscuridad catedralicia…”); ante la Virgen de la Antigua o ante la Patrona. Acólitos solos. Luego, acólitos y paso. Canastillas trabajando al ciento por ciento. “Pararse ahí”, golpe seco de llamador. Y tres de tres. Estación menor en el rezo interior del nazareno.
Cumplida la estación, y recuperado el orden de marcha, iniciamos el regreso. Cofradía estirada. Cirios apagados en la Puerta de Palos. Paje buscando la Santa Cruz (que la Virgen ya sale). Palio abandonando el atrio catedralicio y ciriales y cirios arriba. “Comprime los ciriales que hay que sacar el cortejo…”. “Bueno, pararse ahí”. Fiscal que vuelve con el horario –salimos un minuto antes– y primer tramo del Gran Poder que “vuela” hacia la Plaza del Triunfo. Reemprendemos la marcha en un milagro de control del tiempo de los fiscales: José Manuel Peña, Antonio Pérez Matheos, Manuel García, Manuel Heredia, Eduardo Castillo,  Antonio y Eduardo Rodríguez…  junto con el trabajo, al alimón, de capataces y costaleros en una alternancia de estrecheces, vueltas y fotógrafos delante del paso… Y, mientras tanto, abre y cierra los ciriales, para que no haya ni un solo corte en la cofradía. Y de este modo llegamos al final de Cuna, donde los sones macarenos suman una nueva emoción a la noche poniendo banda sonora al pregón de Carlos Colón: “Plata y carey por Cuna y una cara en la Campana”. En este punto, podemos comprobar cómo ha evolucionado la Madrugada durante los años en los que fui pertiguero. En los 80 y 90, era el Señor en Cuna y la Macarena en Campana; luego, cuando la Virgen estaba en la plaza del Duque, entraba en Campana el Señor de las Tres Caídas (algún año he visto de refilón las plumas del romano a caballo en lontananza desde el Duque). A partir de 2000, ya María Santísima de la Concepción coincidía en Cuna-Orfila con la Macarena en Campana; luego era la Virgen de la Presentación la que se encontraba en Campana cuando nosotros enfilábamos la plaza del Duque. En éstas últimas Madrugadas, al no salir de acólito y con nuestro itinerario por Daóiz y Gavidia, no tengo referencias actualizadas. Y paso a paso, chicotá a chicotá, de nuevo en la calle de las Armas y después en la calle Nueva, para entrar en San Antón por la Capilla de Jesús Nazareno, mientras el último tramo aguarda –cirios encendidos– para alumbrar la entrada de quien es la Gloria de los Nazarenos.

Ahora toca desvestirse, recoger y dejarlo todo en el mejor estado de revista. Al salir, nueva oración al Señor y a su Inmaculada Madre. Y a disfrutar de lo que resta de la Madrugada, con el alma plena por la cita cumplida y siempre con el recuerdo de lo vivido y con la multitud de anécdotas que serán siempre parte de nuestro equipaje. Como uno de los primeros años en que salía de pertiguero, en el que hubo un retraso en el Monumento y se nos fue la cofradía: recuerdo la Presidencia entrando en Alemanes y la Virgen saliendo de la Catedral… algo para olvidar, aunque aprendimos de ello. O aquel otro año que, a la entrada en Sierpes, tuve que coger un cirial porque a nuestro hermano le cayó una gota de cera en el ojo. Afortunadamente todo quedó en un susto y, en la siguiente chicotá, se reincorporó al cortejo.  ¿Y en la Catedral? Multitud de momentos singulares nos ha deparado la Catedral… Como un año, estando el Monumento en el trascoro, en el que el canastilla encargado de la genuflexión, con la oscuridad del momento, tuvo un tropiezo con uno de los incensarios, volcándose las brasas de este en sus pies. Hay que apuntar que el canastilla en cuestión iba descalzo y allí hubo impresión y sorpresa –sobre todo para el canastilla–, risas involuntarias contenidas y un recuerdo para siempre de la situación. ¿Y el año 92 con la mano de San Juan? Creo que ha sido la única vez, que yo tenga conocimiento, de que hubiera de subir un carpintero al paso de la Virgen. ¿Y el incienso? Siempre protagonista de nuestra Estación y más en la Virgen, con cuatro turíbulos. Pues un año de los de Monumento en la puerta de la Concepción, íbamos un poco más lentos de lo habitual, y con la acumulación normal de humo en estos casos, ligeramente ampliada al estar en un interior, al pasar por la nave del trascoro, comenzaron a sonar timbres en la Catedral, una y otra vez… Al llegar a la capilla bautismal, averiguamos la causa de los timbres: habían saltado las alarmas contra incendios y teníamos a los de seguridad pidiendo por favor que parásemos los incensarios…. Evidentemente continuamos en nuestro orden de marcha hacia el Monumento. ¿Y qué decir de las carreritas? La Madrugada no ha vuelto a ser igual desde entonces, pero ¿se nos ha pasado acaso por la mente la idea de no salir? La respuesta es clara: no hay Madrugada sin abrazar la cruz, ya sea literalmente como penitente, o dando luz portando cirio, o llevando las varas e insignias que proclaman nuestra historia y títulos, o al servicio de la cofradía como acólitos, costaleros o canastillas. O también, en la lectura de la Pasión según San Juan, en el peor de los casos, pero siempre junto a Jesús Nazareno y a su Madre.
¿La experiencia como pertiguero de María Santísima de la Concepción? Indescriptible. ¿Los recuerdos? Como podéis deducir de estas líneas, imborrables. ¿Lo mejor? La cercanía a la Virgen y el ser parte de la liturgia penitencial siendo uno de los servidores en su altar móvil. ¿La lección? Ir delante de Ella sintiendo que son suyas todas las miradas y que, a pesar de ir a cara descubierta, pasamos desapercibidos como el resto de los nazarenos. Y… ¿la ilusión? Soñar un nuevo Viernes Santo para, en el sitio de la cofradía que me corresponda, volver a acompañar al Dulcísimo Jesús Nazareno y a su Inmaculada Madre.

domingo, 8 de marzo de 2020

Besapiés


El besapiés supone un elemento añadido a este valor que tienen las imágenes por cuanto el pueblo no solo ve en ellas a Jesús, sino que nos lo acerca donde nuestro entendimiento humano lo percibe como algo cierto, real, cercano, tangible…

“El orgulloso Rey David ha dejado su arpa con forma de cruz y comparece maniatado: es primero de marzo en San Antonio Abad.”  Con estas breves, y a la vez rotundas palabras, nos situaba Carlos Colon en su pregón de la Semana Santa del ya lejano 1996 en el besapiés de Jesús Nazareno. Besapiés que marca un día grande en lo que es el año de la cofradía, pues constituye ese acercamiento de la imagen a los fieles que nos afianza nuestra fe y la devoción a Jesús y María. La fe es la creencia y esperanza personal en la existencia de un ser superior que se manifiesta por encima de la necesidad de poseer evidencias que demuestren la verdad de aquello en lo que se cree. Aunque no necesitemos tener dichas evidencias que justifiquen nuestra fe, la misma se ve reforzada cuando tiene algún punto de apoyo, y uno muy importante son las imágenes sagradas.

La misma Iglesia, desde antigua tradición impulsada por el Concilio Niceno II, defiende la veneración de las imágenes sagradas no solo como hecho litúrgico significativo, sino como un elemento relevante de la piedad popular en tanto que los fieles rezan ante ellas, se adornan con luces y flores, se llevan en procesión, se colocan en nichos o templetes en el campo o en las calles… Pero siempre teniendo en cuenta que se debe tener una formación adecuada sobre esta veneración a las imágenes que la fundamente en una concepción teológica adecuada, porque las imágenes no son objeto de culto en sí, sino como representación que son de Cristo glorificado;  memoria de los santos en ellas representados y estímulo para su imitación pues el fiel tiende a imprimir en su corazón lo que contempla con los ojos; como forma de catequesis, puesto que a través de ellas el pueblo es instruido y confirmado en la fe por cuanto nos ofrecen medios para recordar y meditar estos artículos de la fe. Pero lo fundamental es que no se las venera por si misma sino porque los honores que se les tributan se refiere a las personas a las que representan.

Acércate y disfruta de Él, de su presencia, de su cercanía, de ese pellizco que te sobrecoge el alma cuando sientes que El Señor verdaderamente posa sus ojos en los tuyos.

El besapiés (o besamanos) supone un elemento añadido a este valor que tienen las imágenes por cuanto manifiesta un acercamiento de las mismas al pueblo que, no solo ve en ellas a Jesús, María y los Santos, sino que nos los acercan aún más donde nuestro entendimiento humano los percibe como algo cierto, real, cercano, tangible, y donde nuestro beso es la manifestación de nuestro respeto, cariño, veneración, o lo que es lo mismo, la representación visible de nuestra fe. ¿Qué supone entonces el hecho que por las actuales circunstancias sanitarias no podamos tener contacto físico con la imagen mediante el tacto o el beso?

Este fin de semana, primer viernes de marzo, he vivido en primera persona un besapies sin besos. Hay que reconocer que en un primer momento supuso una relativa incertidumbre sobre que había que hacer o no: ¿Puedo acercarme? ¿Está el paso abierto? ¿Qué hago, me dirán algo? Nada no te vamos a decir nada, solo acércate y disfruta de Él, de su presencia, de su cercanía, de ese pellizco que te sobrecoge el alma cuando sientes que El Señor verdaderamente posa sus ojos en los tuyos. Si bien cuando nos acercamos a besar su pie, nos centramos tanto en ese beso y lo que representa que perdemos de vista su imagen, el prescindir del tacto y del contacto nos ha llevado a que todo lo hayamos fundamentado en ver su imagen y sentirla a nuestro lado a nuestro nivel. En cierta medida lo sentí como cuando los ciegos suplen la carencia de los ojos mediante las yemas de sus dedos, nosotros hemos suplido nuestros labios y manos por sentirlo a través de nuestros ojos. Y sinceramente, ver las caras de cuantos salían del besapies ha sido la demostración que, aunque sin beso, el objetivo está cumplido. Besapies, viacrucis, o incluso el paso procesional… acerquemos las imágenes.


domingo, 10 de noviembre de 2019

Geografía urbana


Fue la visualización en el alma del trance último en que el Cachorro se sublima y acude a la presencia del Padre, porque ya “todo está cumplido”.

Tal y como la conocemos la semana santa es un cúmulo de factores que, en su  conjunto, hacen de ella algo extraordinario. Factores devocionales, su primera razón de ser; factores artísticos, que la componen y le dan forma; y otros diversos que tienen que ver con el sentimiento, la familia y que incluso llegan a vertebrar la sociedad de la ciudad. Uno de estos factores es la geografía urbana de la urbe. Ésta tiene que ver con la ubicación de las diferentes capillas y parroquias, con los recorridos que realizan las hermandades en su estación penitencial y con las calles por las que transitamos en estos días de gloria para los cofrades, muchas de ellas quedan inéditas para la mayoría de nosotros el resto del año salvo en estos días en que las usamos para llegar de forma rápida hasta ese sitio concreto en el que ver a una determinada hermandad tiene una especial significación. Porque hay calles que irremediablemente nos traen a la memoria una cofradía o incluso un paso y una imagen concreta, por alguna íntima vivencia que hayamos tenido en la misma. Justo esto me ocurre en la céntrica calle O’donnell.




El otro día, en su tuiter, Álvaro Iglesias (@Alvaro_bet), coincidiendo con el fallecimiento de Leopoldo O’donnell que da nombre a la calle, realizaba un magnifico hilo sobre la misma que en mi mente evoca la imagen del Cristo de la Expiración de la Hdad. del Cachorro desde que tuve la fortuna de contemplarlo desde un balcón en dicha calle. Desde siempre la bendita imagen del Cristo del Cachorro es muy especial pues, a su belleza y calidad artística, hay que sumar los sentimientos que provoca entre sus más fieles devotos –recuerdo a Rosario, una señora mayor de la cava, llorando emocionada ante el Cristo en su procesión extraordinaria de 1982 por el III centenario de su hechura- además del profundo dramatismo que tiene por el momento supremo que representa, frontera entre la vida y la muerte. Siempre se ha hablado de los ojos del Cachorro, uno ya muerto y el otro aún con vida, pero hasta aquella tarde, en ese balcón de la mitad de la calle de O’donnell, no había visto morir a Cristo en directo, desde que el paso embocó la calle desde la Magdalena no hubo más que el ojo sin vida del Cachorro, hasta entonces no tan significativo para mí.

Si las imágenes están para que podamos visualizar a Cristo y hacer más fácil nuestra comunicación con El, en aquel momento supuso ver representada la palabra postrera “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Fue la visualización en el alma del trance último en que el Cachorro se sublima y acude a la presencia del Padre, porque ya “todo está cumplido”. En ese instante, que duró todo el discurrir por dicha calle, no hubo más que Dios: no estaba ni su cofradía, ni la banda, ni su leyenda del gitano agonizante, ni los vecinos de su barrio, ni sus trescientos años de historia, ni el olor de las casas de vecinos de la antigua cava, ni mucho menos el recuerdo de sus muchas citas literarias…, solo Dios muriendo ante mis ojos. Pero… ¿Muriendo o resucitando?

¿No puede ser que el Cachorro nos muestre el propio Triunfo de Jesús resucitando en el árbol de la Cruz?

Porque ¿es el Cachorro es la representación del triunfo máximo de Dios en el momento definitivo de su unión total a la condición humana? ¿O es quizás el Cachorro la primera representación idealizada de la Resurrección anticipando su gloria en el mismo instante de su muerte? Si decimos que Jesús Nazareno no abraza la Cruz sino que exalta glorioso el símbolo de su Triunfo, ¿no puede ser que el Cachorro nos muestre el propio Triunfo de Jesús resucitando en el árbol de la Cruz? Y es que el Cachorro está tan íntimamente unido a la cruz que no se separa de ella ni para resucitar, por eso el día de Pascua nos ofrece su pie para que, con nuestro beso, le celebremos glorificado. Por tanto el Cachorro no tiene un ojo muerto, lo tiene a punto de resucitar y yo no fui testigo de la muerte de Jesús, sino del instante mismo de su resurrección que ocurre (para mi) todos los años en la calle O’donnell.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Unidos en la Fe, Caminamos en la Esperanza




La Pascua es el tiempo litúrgico por excelencia. Es la celebración del triunfo de Cristo sobre la muerte que da sentido y contenido a la Iglesia. Los primitivos nazarenos celebramos el Domingo de Pascua el día fundamental que es, donde además el Dulcísimo Nazareno se nos muestra desde la gloria de su paso, escoltado por los ángeles que guardan su Luz, mientras abraza la seña de su triunfo en la más cierta Exaltación de la Santa Cruz, aunque al sevillano modo cede su protagonismo en éste día en favor de su Madre, ante cuyo paso celebramos la más grande Gloria de los creyentes que rubricamos repartiendo el azahar que le acompañó en la madrugada. No es, por tanto casualidad, que hayamos aprovechado este tiempo pascual para celebrar, en una radiante mañana de mayo, el Año Jubilar de la Esperanza, concedido por la Penitenciaria Apostólica de la Santa Sede con motivo del sexto centenario del origen de la advocación de la Esperanza, que es a su vez el origen de la fundación de la Hermandad de la Esperanza de Triana. Porque la Esperanza es esa virtud teologal por la que deseamos a Dios como bien supremo. Vivir la Esperanza es creer en Cristo que es Dios omnipotente y bondadoso que no falla a sus promesas y, como dice el Eclesiástico: “¿Quién que hubiere invocado a Dios, haya sido despreciado por El? (Eclo 2,10)  La Virgen de la Esperanza nos trae en su nombre el más grande compendio del amor de Dios, unido a su maternidad divina y su pureza inmaculada, y es, por esto, el salvavidas al que se aferran todos sus devotos. Cuando llegamos a la Capilla de los Marineros y, aunque se estaba oficiando una boda, con la discreción oportuna en estos casos, fuimos accediendo a su interior para saludar a quien es fuente de Esperanza y motivo de nuestra peregrinación, siendo testigos de cómo Dios Padre corona el retablo mayor desde el que la Stma Virgen preside la capilla, y en ese primer saludo el corazón no pudo menos que exclamar: “Dios te Salve María, hija de Dios Padre”.

Cumplido este primer e imprescindible saludo a la Señora, iniciamos nuestra jornada visitando el magnífico museo que ha instalado la hermandad para dar a conocer su historia, su cofradía y, como no, para proclamar la gran devoción que se profesa a la Virgen de la Esperanza; visita que fue dirigida por el responsable del museo, quien nos ilustró con los detalles del mismo. Comenzamos la visita admirando una impresionante descripción de la cofradía y su evolución a lo largo de los años, cuidando siempre su particular personalidad totalmente enraizada en su barrio e inspirada en los motivos cerámicos que le caracterizan. Las siguientes secciones del museo están dedicada a la gran devoción que se profesa a la Stma Virgen de la Esperanza, con un apartado especialmente dedicado  a su Coronación Canónica, y con una gran muestra del fervor popular que suscita, reflejado en los muchos presentes realizados a lo largo de los años por sus devotos y personajes populares en el transcurso de la historia, sobre todo la más reciente: toreros, artistas… pero sobre todo, lo que queda patente es el gran amor del barrio y sus gentes, de la ciudad entera y allende sus fronteras. Finalizada la visita al museo, nos dirigimos a la Capilla para participar en la Eucaristía que, presidida por N.H. Rvd. P. Andrés Ybarra Satrústegui, fue el centro de nuestra peregrinación, donde además de celebrar el amor de Dios, participamos del Jubilo de la Esperanza, y allí sentados en los bancos esperando el inicio de la Santa Misa, continuamos la contemplación de la Madre de Dios y de su Divino Hijo, Señor de las Tres Caídas, en su altar junto al de la Madre, y ante ambas imágenes, y porque para todo hijo es un sueño su madre, de nuevo brota del alma el saludo a quien es estrella de los mares: “Dios te salve María, madre de Dios Hijo”.

Decíamos que nada es por casualidad, por eso quiso el Dulcísimo Nazareno que nuestra peregrinación fuese el VI Domingo de Pascua en el que el mensaje principal de su liturgia es que Dios es amor, como nos dice el evangelista Juan, y nadie tiene el amor más grande que quien da la vida por sus amigos. Dios nos ama y nos amó primero y de ese amor que Dios nos regala nos viene el mandamiento del Amor, verdadero compendio y resumen de todos los demás mandamientos y que precisamente se nos manifiesta en la Esperanza, cuyo Jubileo recibimos. La celebración de hoy es una bendición que nos invita a convertirnos, poniendo amor donde estemos, y sobre todo siendo cauce de ese amor de Dios para con nuestro hermanos, por lo que hemos de vivir el Jubileo de la Esperanza como auténticos seguidores de los primitivos nazarenos que nos precedieron y, muy especialmente, como buenos hijos de la Esperanza y la Concepción. Y pues ese Amor de Dios nos llega a través del Espíritu Santo, por quien actúa el Padre y el Hijo en nuestros días, en nuestra personal e íntima salutación decimos a la Señora: “Dios te Salve María, esposa del Espíritu Santo”.

Finalizada la eucaristía nuestro hermano mayor, Eduardo del Rey, dio las gracias a la hermandad de la Santísima Virgen de la Esperanza por la fraterna y cariñosa acogida que nos ha dispensado, materializándose en la ofrenda de un centro de flores para quien es Reina, Madre y Capitana, dulcísima Esperanza. Alfonso de Julios, hermano mayor de la Esperanza, agradeció nuestra visita entregando, a su vez, a nuestra hermandad el diploma acreditativo como signo y rúbrica de la extraordinaria Peregrinación vivida ante la Virgen de la Esperanza y que nos debe servir siempre a los primitivos nazarenos para ser mejores cristianos y personas, y también para unir más a nuestras hermandades por el bien de la madrugada, de nuestra semana santa y de la Iglesia. Y a los pies de la Stma Virgen, mientras nos hacíamos una foto grupal como recuerdo de éste sábado de pascua,  junto al Padre y al Hijo y en su Santo Espíritu que nos congrega, nos despedimos de la Señora con la salutación final: “Dios te Salve María, templo y sagrario de la Santísima Trinidad”.

Como colofón a esta extraordinaria jornada no podía faltar un refrigerio de confraternización para festejar, a lo humano, las divinas gracias obtenidas en ésta alegría de la Esperanza y signo claro del Amor de Dios, cuyo mejor resumen es el lema elegido por la hermandad de la Stma Virgen de la Esperanza para su Jubileo “Unidos en la Fe, caminamos en la Esperanza”.

domingo, 12 de agosto de 2018

Sueños...

Publicado en la web ElCostal.org




Según el diccionario varias son las definiciones de sueño. Por un lado sería el acto o acción de dormir. También es la representación en la fantasía de imágenes mientras se duerme. Por otro lado decimos que sueños son los proyectos, deseos o esperanzas de las personas cono sin posibilidad de realizarse, e incluso llegamos a decir que sueños dorados son los mayores anhelos de una persona y justo a estos últimos me quiero referir.
La semana santa que tanto nos gusta y que casi vertebra, en muchos casos, nuestra vida diaria en torno a las distintas hermandades y cofradías es fugaz. De viernes de dolores a domingo de resurrección es apenas un suspiro que nos deja la miel en los labios y unos enormes deseos de volver a revivir esos momentos tan íntimos como esperados durante todo el año y de los que mantenemos el anhelo de volver a vivirlos, siendo en el tiempo vacacional y de descanso veraniego cuando se hace mas patente, aún cuando las “glorias” que también suponen esos momentos singulares para sus hermanos y devotos, nos sirvan para evocar en el pensamiento dichos momentos grandes de nuestro ser. Medios de comunicación y redes sociales nos ayudan en este recuerdo con los vídeos y fotografías que comparten a diario, pero es la memoria la herramienta principal que nos hace soñar despiertos y revivir esos momentos deseados, tanto aquellos ya vividos, como los que están por llegar.
Así soñamos con volver a vivir los cultos anuales de la hermandad en compañía de nuestros hermanos y amigos: quinario, función principal, comida de hermandad, bien como acólitos, participando en las eucaristías haciendo las lecturas, oraciones, colectas, portando los cirios en la consagración o procesión claustral, y sobre todo en las convivencias posteriores a los cultos lo cual nos lleva a conseguir uno de los objetivos principales dela hermandad, que a través de estrechar lazos fraternos con nuestros hermanos demos culto a Dios y a su Santísima Madre.
Soñamos siempre con la rampa del Salvador, autentico punto de inflexión en la cuaresma sevillana que marca el inicio de la semana santa; eterno lugar de juego de los niños de todas las generaciones y crisol del sentimiento que funde el corazón del cofrade con ese fuego vivo de los días grandes que anuncia, pues si hay un auténtico “pregón” de la semana santa de Sevilla, éste es sin duda la rampa del Salvador.
Soñamos con volver a vestir la túnica nazarena junto a las imágenes de nuestra devoción para, a través de la penitencia y memoria de la pasión del Señor, celebrarle resucitado a la vez que en nuestro recuerdo nos unimos a nuestros mayores que nos enseñaron el camino y con quienes compartimos dicha estación penitencial aunque ya gocen de la presencia del Padre.
Soñamos con repetir ese momento en que escuchamos en calle Cuna como el Señor de la Sentencia avanza por Sierpes con Consolación y Lágrimas, mientras contemplamos el solemne caminar de Jesús Nazareno sin poder evitar esa efímera intuición de que avanza un poco más con el izquierdo…
Soñamos con despertar una mañana de noviembre, salir al balcón y encontrarnos con la Amargura bajo palio camino de la catedral para celebrar el aniversario de su coronación, así como esa mágica y eterna chicotá de cuatro amarguras en el andén del ayuntamiento en 1979 en el regreso a su casa.
Soñamos con un mes de mayo lleno de Esperanza en el que, por más larga que sea su procesión, para nosotros siempre es un “suspiro”.
Soñamos con ser testigos nuevamente de la Misericordia del Señor, que en Noviembre fue la auténtica manifestación de su Gran Poder a plena luz del sol.
Soñamos con la Esperanza bendiciendo a Triana y a Sevilla en el mes de Junio mientras anhelamos los días grandes que se avecinan como colofón a su Año Jubilar.
Soñamos con acompañar cada madrugada a la Gloria de los Nazarenos, recordándola especialmente en una mañana de mayo proclamando al mundo que es la Llena de Gracia, mientras suena Virgen de las Aguas.
Soñamos con la Virgen de los Dolores que hace del Cerro una fiesta en su honor cada día del año, y un júbilo desbordado cada vez que sale a ver a sus vecinos.
Soñamos con todas y cada una de las Coronaciones canónicas de las imágenes de la Santísima Virgen, que por muchas que puedan ser no deja de ser un momento de dar gracias a Dios a través del cariño hacia su Madre y deseando ser testigos de su Victoria y de contemplarla rodeada de todos los Ángeles del Cielo.
Soñamos con tantas cosas…, y somos tantos cofrades cada uno con sus propios sueños… No habría papel en el mundo para recoger los sueños de todos. Pero independientemente que vuestro sueño esté o no en esta breve reseña, lo más importante de todo es que nunca dejemos de soñar. Como dice siempre un buen amigo y cofrade: ¡Sigan soñando, artistas!