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domingo, 24 de diciembre de 2017

Hoy vengo a darte gracias

Publicado en la web LaVenia.xyz




Fotografía: José Cruz @PepeCruz_Martin

Hoy vengo a darte gracias.

Madre, hacía mucho tiempo que no venía a verte. Como sabes mis piernas no permiten que me mueva mucho, pero hoy me han dado un poco de tregua los dolores y aquí me tienes. Este es el primer motivo para darte gracias.

Que no haya venido no significa que no haya acordado de ti, eso también lo sabes. Estás siempre presente en mí día a día, a todas horas, pues cada segundo que pasa es otro motivo para seguir dándote gracias por estar viva y disfrutando de mi familia, amigos, mis hermanos de la hermandad y tanta gente buena que nos rodea. Por esto también gracias.

Sabes, procuro estar al corriente de ti: de tus cultos, los de tu Hijo, los bellos altares que montan en vuestro honor, lo “guapa” que estás siempre vestida y el mimo con el que te tratan los priostes, las camareras, tu vestidor, todas las cosas de la hermandad… Siempre me están enviando fotos tuyas, y cuando las recibo es un nuevo momento de alegría, de tenerte presente, de un Ave María Purísima… Que suerte los teléfonos móviles, que aunque no pueda levantarme del sillón puedo disfrutar de ti. Qué maravilla de internet, de redes sociales, de televisión… siento que tengo una ventana en mi casa que da directamente a la basílica y estas tan cerca, tan cerca…

Cuantos años sin venir y que emoción al pisar de nuevo el atrio, abiertas las puertas de tu casa sabiendo que estás ahí y que voy a verte y besarte la mano. Me temblaban las piernas, pero las ganas de estar contigo vencen todas las dificultades y se sacan fuerzas no sé de donde… son más motivos para seguir dándote gracias.

Que impaciencia en la cola. Poco a poco fui recorriendo el camino hasta llegar ante ti, despacio pero sin pausa, viéndote de lejos y poco a poco acercándome a tu bendita imagen…  ¡¡Que guapa estás Madre mía!! Y por fin llego hasta el altar: ¿Cómo describir este momento? No importa la espera, no importa el camino, solo importa estar a tu lado, y decir “aquí me tienes Madre…” ¿Cómo no darte las gracias por estar de nuevo ante ti?

Tengo que acordarme de la hermandad, de quienes están aquí cuidando que todo esté perfectamente organizado en tu besamanos para que podamos disfrutar de tu presencia, sobre todo los que estamos pachuchos, porque me han permitido sentarme delante de ti para reponer fuerzas y tener unos minutos más para estar contigo… Cuantas cosas que contarte, que decirte,…. Dile a tu Hijo que bendiga siempre a todas estas personas y sus familias, que sean muy felices porque con sus atenciones y su cariño nos han hecho muy felices a los que los años y la falta de salud nos ponen difícil venir a verte. Muchas gracias por ellos.

Solo una cosa quiero pedirte: que cuides de mi hijo. Quien mejor que tú, que sabes lo que es ser madre, para entender lo que sentimos las madres. Porque el mundo está muy loco y él es muy joven y tiene mucho que aprender, por eso de vez en cuando dale una "miraíta" y deja que se agarre a tu manto para que te sienta tan cerca como yo te siento a ti. Ampárale para que sea siempre un buen macareno, que no es más que ser buena persona, buen cristiano y sobre todo querer mucho a tu Hijo y a su Madre.

Ya me tengo que despedir. Se hace tarde y llevo ya mucho tiempo en la calle, mucho esfuerzo para mis débiles piernas. El esfuerzo de hoy me va a costar un par de días de calmantes extra, pero no tengo dudas que ha merecido la pena. No sé cuándo podré volver a venir a la basílica, pero sueño con ese nuevo momento de verte de nuevo cara a cara, de poder rezar en tu presencia. Mientras llega ese día un solo pensamiento en mi mente: gracias por ser nuestra Esperanza.




domingo, 3 de mayo de 2015

A las madres...

En el día de las madres quiero dejar mi felicitación con el inicio de mi pregon de la Smana Santa de Pedrera.




Amanece. El sol poco a poco va despejando la oscuridad de la noche y  abre paso al nuevo día donde la espera va a llegar a su fin. Hoy todas las ilusiones y anhelos se van a hacer realidad. Nuestro pequeño cofrade, aun en la cama, ve por sus ojos entreabiertos como se va haciendo la luz y va entrando esos primeros rayos del sol por la ventana de su cuarto. Hoy es el gran día: y va a vestir por primera vez el hábito nazareno de su hermandad, va a acompañar a su Cristo y su Virgen con un cirio, como los mayores con el antifaz tapando el rostro.

Atrás los años de monaguillo, esos años infantiles donde poco a poco fue aprendiendo de sus mayores el amor a Cristo y su Madre, a tenerlos bien presente en cada cosa que se hace, a rezarles por la noche dando gracias por el día vivido y por la mañana al despertarse porque un nuevo día se viene y necesitamos que El nos guarde. Impaciencia, vueltas en la cama, media noche en vela porque los nervios no hay quien los aguante. Sobre la mesita de noche, la papeleta de sitio y la medalla de la hermandad.

En el salón  colgadas las túnicas esperando ser vestidas por los habitantes de su casa: su padre, también de nazareno, y su hermana pequeña que aún vestirá de monaguillo la misma sotana que uso años antes. Antifaces, cíngulos,  espartos, roquete y esclavina también esperan el momento de ser vestidos. Ya es hora, a levantarse, desayunar con la familia, ultimando esos detalles que siempre para última hora nos dejamos los cofrades, calcetines, sandalias, zapatos y escudos.  

A cada rato que pasa va de nuevo a contemplar la túnica  que con tanto afán y cariño le hiciera su abuela, su tía o su madre; madres que se sacrifican para que no falte ni un detalle y que con amor y esmero le roban tiempo a la noche, y en vez de dormir trabajan para que todo esté a punto, para que nada ese día falte: costura, plancha, el escudo en el antifaz y en la capa en esa medida única que solo nuestras madres saben a la primera aunque nunca lo hayan puesto antes.

Madres a quien todo debemos, sin las que no seriamos nadie y por muchos besos que les demos nunca serán los bastantes para recompensarles por sus desvelos, por todo lo que nos hacen, lo primero darnos la vida, cuidarnos en todos los males, ser nuestros guías en la vida y enseñarnos tantas cosas, esas que cuando eres niño no sabes valorarle y que cuando eres mayor dices “qué razón tiene mi madre”, nos enseñan a querer a Jesús y a María, del “Jesusito de mi vida” o el “Cuatro esquinitas…” al acostarnos, y el “Bendito y Alabado” o “Bendita sea tu pureza”, después de bañarte y ponerte la muda limpia: que no hay mejor forma de vestirse que dando gracias a la que es Madre del Salvador del mundo, y nadie como tu madre para enseñar a querer a otra Madre, que desde el cielo nos cuida, nos vela y nos ampara como nadie.

Por eso yo desde aquí quiero dar un beso a mi madre y con él, también, a todas las madres que con amor y con su entrega, con su trabajo y su arte, con total abnegación y sin esperar que se lo pagues, ellas son sin duda alguna las que nos hacen cofrades.