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domingo, 9 de febrero de 2020

La hermandad de chiquitito


A la hermandad de chiquitito le debemos la emoción de la primera papeleta de sitio, de ese hermano (años después será hermano mayor) que te tomó la medida y busco tu primera túnica en el armario de la hermandad.

En nuestra ciudad, las hermandades y cofradías conforman en una parte muy importante el tejido social de la urbe, por ello la mayoría de sus habitantes forman parte de alguna de ellas. Esta pertenencia, como ya se ha hablado en muchas ocasiones, tiene su origen en varias y diferentes causas, pero sin duda una de las más habituales es por la “familia”, pues el ser cofrade es algo que, en la mayoría de los casos, se transmite de padres a hijos. Esta pertenencia a la hermandad familiar, dependiendo de qué tipo de hermandad sea, de negro o de música, conllevaría que el niño no podría participar en la estación penitencial como sus mayores, máxime teniendo en cuenta que en años pasados no era habitual la participación de monaguillos en número tan importante como hoy día, por lo que para salir de nazareno, de niño, había de buscarse una hermandad donde si estuviese permitida su participación. Hablamos de la hermandad de chiquitito. Si bien el motivo fundamental por el que llegamos a nuestra hermandad de chiquitito es poder salir de nazareno los que somos de hermandades de negro, son muy aleatorias las razones que nos llevan a una u otra hermandad, que en resumen son siempre las mismas: familia, cercanía, amistad,…

Los orígenes cofrades familiares de nuestro protagonista son de negro, por lo que para salir de nazareno siendo niño hubo de buscar una hermandad de chiquitito. Hablamos de unos años donde la vida de hermandad no era tan al uso como hoy día, sino que estaba más circunscrita a las miembros de junta, sus allegados y familia más cercana. Para los cofrades en general la participación se centraba en los cultos, estación penitencial y algún acto más que hubiere. Estos actos siempre venían marcado de un carácter extraordinario por cuanto se salía de la rutina de la vida diaria, incluso de la propia hermandad. El sentimiento de pertenencia a las cofradías se centraba en las convocatorias de cultos guardadas, las túnicas en los altillos y la presencia de las convocatorias de cultos pegadas en las columnas de la catedral que era el signo fundamental de que “esto ya está aquí”.

La hermandad de chiquitito marca nuestra vida y nuestra existencia en el ámbito cofrade y muy posiblemente en los demás, pues nos deja un poso en nuestro más íntimo rincón interior que es el resultado de nuestra experiencia, de nuestras miradas, de nuestras oraciones.

A la hermandad de chiquitito le debemos la emoción de la primera papeleta de sitio, de ese hermano (años después será hermano mayor) que te tomó la medida y busco tu primera túnica en el armario de la hdad: cíngulo, antifaz, “los botones puede comprarlo Vd. (a la madre) en tal mercería, llévese uno de muestra, y el escudo ahora se lo da el mayordomo.” Primera estación de penitencia, con tantos nervios que hasta le dio fiebre y hubieron de sacarlo en la catedral, realizándola completa al año siguiente esperando, con ansia, en la parroquia la entrada del palio al son de saetas y campanilleros. Nuevos años, nuevas salidas avanzando en los tramos cada vez más cerca del paso y a la vez también asistiendo a los cultos, sentándose bien cerquita del coro para ser testigo de excepción de las coplas, y en la función principal para paladear esa misa en latín que nunca había oído salvo en las historias de sus mayores. Continúan los años, cambiando el cirio por una vara en esa insignia que pasaría a ser como una prolongación de su casa, con esos otros cuatro nazarenos, los mismos año tras año, con los que se conforma esa familia tan especial de los que compartimos tramos. Un año decide no salir, pues quiere conocer las cofradías de ese día, y ya no lo hace más. Circunstancias de la vida, esa pertenencia de solo cultos y salida se va enfriando y a su vez, lo que tienen las cosas del corazón, otra hermandad se cruza en su camino en la que se integra desde primera hora, donde vive el día a día y hoy es su hermandad, aunque nunca renunció a su hermandad de chiquitito, a la que gusta de ir, compartir los cultos con sus hermanos y ser testigo cada año de la estación penitencial.

Se mantenga o no la pertenencia a la misma, la hermandad de chiquitito marca nuestra vida y nuestra existencia en el ámbito cofrade y muy posiblemente en los demás, pues nos deja un poso en nuestro más íntimo rincón interior que es el resultado de nuestra experiencia, de nuestras miradas, de nuestras oraciones. La hermandad de chiquitito permanece siempre en nuestra memoria y en mi caso particular me enseñó la devoción al Rey de Reyes.

domingo, 24 de noviembre de 2019

Al servicio del tramo


Estar al servicio de los hermanos nazarenos entronca con la misión de atenta disposición a los hermanos que debemos tener todos los que somos miembros activos de una hermandad, como asociación de la iglesia que somos.

Personas. Las hermandades las formamos personas. Con sus defectos y virtudes, con sus penas y alegrías, con sus cualidades, personalidad, habilidades, capacidades,… Estas personas, cada una con su forma de ser, son las que, a la postre, hacen de la hermandad lo que es. Aunque cada una tenga su sello, su impronta y características según su historia y circunstancias, verá su imagen en función de la forma de actuar que tengan los hermanos que estén en ese momento llevando las riendas de la hermandad. Esto ya lo hemos comentado en ocasiones anteriores, y cada uno tendrá su visión particular en función de la propia experiencia al respecto.

Viene esta introducción a cuenta que días atrás el tuitero @cereroblog publicaba una foto de un canastilla con el mensaje “atento siempre al servicio de sus hermanos nazarenos”. Dicho tuit llamó mi atención pues, además de ser una verdad con mayúsculas, entronca con la misión de atenta disposición a los hermanos que debemos tener todos los que somos miembros activos de una hermandad, como asociación de la iglesia que somos, y puesto que uno de los fines principales en las hermandades es promover y fomentar lazos de unión fraterna entre los hermanos, como también expresaba en una colaboración de opinión en la web amiga @ElCostal.

El diputado es la persona que sacrifica su estación de penitencia, a pesar de vestir el hábito penitencial, en pro de que sus hermanos puedan disfrutar la salida en plenitud.

Ser diputado de tramo, o canastilla, o celador -pónganle ustedes el nombre que prefieran-, no debe constituir en ningún caso un signo de reconocimiento en gratitud a servicios prestados, ya que es un puesto de gran responsabilidad por ser parte de la organización y control de la cofradía, constituyendo además el eslabón fundamental entre la hermandad, como institución, y sus miembros, personalizados en cada uno de los nazarenos que forman el tramo y que realizan su estación de penitencia. El diputado es la persona que sacrifica su estación de penitencia, a pesar de vestir el hábito penitencial, en pro de que sus hermanos puedan disfrutar la salida en plenitud. De la buena labor del diputado no solo depende que el hermano vaya bien atendido en todo momento de la procesión, sino que pueda ver reforzado su sentimiento de pertenencia a la hermandad si encuentra, además, en su canastilla una persona afable, cercana, cariñosa y sencilla – lo que hoy llamamos empática- pues teniendo en cuenta que la mayoría de los nazarenos solo acuden a la hermandad para sacar la papeleta de sitio y salir de nazareno, si le mostramos una buena acogida seguramente sentirá la necesidad de acudir más a la hermandad por saberse bien recibido en su casa.

El nazareno es el ladrillo que construye, conforma y da cuerpo a los cortejos  aportando, además, su presencia en el culto a Dios ofrecido.

Porque el nazareno es la auténtica piedra angular de una estación de penitencia, independientemente del culto público tributado a Dios que le da su sentido, aunque también suele ser el gran olvidado y el principal damnificado en los retrasos e incidencias de la procesión. El nazareno es el ladrillo que  construye, conforma y da cuerpo a los cortejos aportando, además, su presencia en el culto a Dios ofrecido. El nazareno es alma de la hermandad, en tanto miembro de la corporación que es y la sostiene con sus cuotas y su trabajo -cuando es miembro activo de la misma-, y también porque es el reflejo en la calle de una vida de hermandad plena y saludable. Cuando una corporación tiene buen ambiente y actividad en su día a día, éste tiene su imagen proyectada en un nutrido cuerpo de nazarenos y una atmosfera de alegría, armonía y concordia que se transluce en los mismos y en los familiares, amigos y devotos que acompañan la procesión.

Cuidar al nazareno es cuidar a la hermandad, por eso mimemos a nuestros cuerpos de diputados, canastillas o celadores, dándoles la importancia que tienen y formándoles para que tomen conciencia de su auténtico ser y estén en todo momento al servicio de su tramo.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Punto de inflexión


Y una vez más, estando en la hermandad, el pensamiento vuela, y es que muchas de las cosas buenas que nos pasan ocurren alrededor de la hermandad: padres, abuelos, los amigos, trabajar, aprender, incluso formar nuestra propia familia, como es mi caso y el de otros muchos. Por esto, porque gran parte de nuestras vidas tiene lugar en la hermandad, y así es para muchos de nosotros, es porque las hermandades conforman gran parte de la vida social de la ciudad.

Pues bien, como decía fue estando de nuevo en la hermandad con motivo del cabildo de elecciones, ahora en formato abierto por los muchos hermanos que somos para facilitar el que gran parte puedan venir a votar, aparte del cumplimiento con nuestro deber de hermano es una nueva oportunidad de encontrarnos, saludarnos, cambiar impresiones, alegrarnos de vernos pues, por las obligaciones de la vida diaria, no siempre es posible aunque seamos asiduos a la cita semanal. Y este momento de alegría y de encuentro, de vernos con nuestras familias, de ver como nuestros hijos se van haciendo mayores y se van integrando en la hermandad, de encontrarnos con nuestros mayores, quienes tanto nos han enseñado en muchas tertulias en el atrio de nuestra casa, ver cómo los años se van cargando en sus espaldas (y en las canas de nuestras cabezas…) y de notar, una vez más, la falta de quienes fueron el alma de la cofradía en tiempos no muy lejanos, de quienes aprendimos a ser nazarenos. Es justo entonces cuando nos percatamos del punto de inflexión en el que nos encontramos.

Matemáticamente un punto de inflexión es aquel donde los valores de una función continua en x pasan de un tipo de concavidad a otra, lo que hablando en cristiano quiere decir que es el punto donde la curva que representa esta función cambia su curvatura, lo que traducido a nuestra vida es la constatación del cambio producido por el paso del tiempo. Es darte cuenta que, como ya había comentado en alguna otra reflexión, los jóvenes que escuchábamos en silencio a los “viejos” en las copas en la casa de hermandad, somos ahora quienes hablamos mientras nuestros hijos y la juventud actual nos escuchan. Que quienes trepábamos por los altares, andamios y escaleras para el trabajo de campo, tomamos ahora el relevo en las tareas de diseño y preparación, y son las nuevas generaciones las que hacen el trabajo más movido. Que quienes éramos simples ayudantes o auxiliares o diputados en los cargos últimos en el escalafón de las juntas de gobierno, ahora somos secretarios, mayordomos, censores, consiliarios y hasta hermanos mayores. Este instante supone también que si hasta ahora sumábamos estaciones de penitencia en nuestra cuenta particular, desde este momento tomamos conciencia que lo que hacemos es restar las que nos quedan por realizar, porque nuestro paso por esta vida es finito, y que la túnica de nazareno que nos recuerda a nuestra vestidura bautismal en nuestro anual y particular peregrinar a la Jerusalén de la ciudad, en lo que supone una conversión anual -paso del hombre viejo al hombre nuevo-, empezamos a percibirla como esa última vestidura que nos acompañará en nuestro tránsito  hacia su eterna presencia a la diestra del Padre.

Por esto, lo mismo que hoy nosotros recordamos con alegría a aquellos que nos precedieron y nos mostraron el recto camino que debemos seguir imitando siempre al nazareno que nos precede, hemos de obrar de forma que seamos sus dignos sucesores para que quienes les toque seguirnos como su nazareno precedente, lo hagan con esa misma ilusión que lo hicimos nosotros con nuestros mayores, estando además preparados para ceder el testigo a nuestros jóvenes y dispuestos a aprender de ellos, pues con su juventud nos aportan nuevas ilusiones y  puntos de vista acordes al cambio de los tiempos, siendo precisamente esta capacidad de adaptación lo que hará perdurar nuestras hermandades y la semana santa.

domingo, 8 de julio de 2018

Las manos del nazareno

Publicado en la web ElCostal.org

Sin lugar a dudas es, la estación de penitencia, el acto central en la vida de una cofradía. Es el culto colectivo y público que en ellas es ofrecido a Dios, y es fiel reflejo de la propia hermandad porque en él se manifiesta tanto su impronta, como su imagen, su sello, su forma de ser, lo que los años y sus hermanos han hecho de ella. Por eso la estación de penitencia de cada cofradía es tan distinta: pues, a pesar de ser una misma cosa y un mismo acto de culto, cada una refleja la personalidad, historia e idiosincrasia de su hermandad, haciendo de ello algo único.
Siendo como es un acto colectivo, la estación de penitencia tiene un marcado componente individual ya que, aunque los hermanos vamos todos juntos, cada uno de ellos guarda su propia identidad para sí y, dentro del anonimato que nos ofrece la túnica penitencial, cada uno va con sus propias ideas, sus propias motivaciones, sus propios problemas, y en definitiva con su propia persona. Porque nadie ha de ver como es la penitencia particular de cada uno y porque, desde el anonimato personal, el protagonismo del momento recae exclusivamente en la hdad que lo organiza y en Jesús y María que son quienes reciben dicho culto. Pero, aunque el nazareno es anónimo, sin ningún signo de distinción que le personalice entre los demás, solo sus manos al aire en aquellas hermandades que no llevan guantes nos permiten acercarnos a la persona que va bajo esa túnica que a todos nos hace iguales, y con su sola contemplación podemos acercarnos a cada uno de ellos.
Así nos encontramos con las manos de los niños, cuyos pequeños dedos dejan entrever esa ilusión desmedida por poder formar parte del cortejo de quienes visten la túnica con el antifaz cubriendo el rostro, y que aunque, ya han visto cumplido el sueño de salir de nazareno, aún mantienen esa impaciencia de quien no ve pasar el tiempo para que su anhelo se haga realidad. Manos infantiles que antes han sido manos de bebé que, de túnica o de monaguillo vestidos de “cristianar en cofrade”, han sido presentados por sus padres a la Virgen de su hermandad en una parada cualquiera del paso de palio, o que algún año después han sujetado el canastito donde llevaban los caramelos que aliviarían la espera del público que contempla el discurrir de la cofradía mientras llega el paso tras las filas de nazarenos. Manos que también se aferraban a la de su padre, de esparto y ruan, cuando vestido de paje y papeleta de sitio en mano se dirigían hacia la Iglesia donde el Rey David muestra su Triunfo ante sus hijos mientras le rezan el Credo.
Nos encontramos con las manos de los preadolescentes que, aunque ya saben lo que es salir con su hermandad, conservan y muestran en ellas esa impaciencia estrenada siendo niño pero que se mantiene intacta como el primer día. Manos que juegan con las velas, se llenan de cera y ponen estampas en el cirio para que la luz esté lo más cerca posible de la imagen de su devoción. Manos de adolescente que revelan el logro obtenido por el puesto de privilegio que pueden ocupar saliendo de acólitos muy cerquita de su Cristo y de su Virgen; acólitos que aunque vayan a cara descubierta mantienen la discreción de su presencia pues la cercanía del paso concede el protagonismo a quienes va dirigido el culto y la penitencia.
Manos de joven, agarradas al zanco del paso asomando por el faldón dando testimonio de un autentico trabajo de equipo de quienes son los pies de Dios y la Virgen. O esas otras manos jóvenes que, sujetando la corneta, con las baquetas del tambor, o con cualquier otro instrumento de madera, metal o percusión, ponen banda sonora a nuestras estaciones penitenciales. Manos de recién casado portando la alianza matrimonial o de padre o madre esperando ver a los hijos para darles caramelos, estampitas o medallitas. Manos adultas que, desde su cirio o insignia, exhiben el conocimiento que la vida les va otorgando y que, en el día a día de familia y hermandad, van legando a las nuevas generaciones de cofrades. Manos veteranas de piel arrugada que, en sí, acumulan la experiencia de toda una vida dedicada a su hermandad, manos aferradas a su canasto, vara, bocina, manigueta o palermo.
Hoy quiero recordar a un nazareno especial, cuyas manos son de éstas últimas. Manos llenas de arrugas que, cada una de ellas, es testigo de un hermano que, como censor, entrevistó para que formase parte de la cofradía. Arrugas que, con amor de hijo, quitaba de la túnica de Jesús Nazareno, cuyos pliegues arreglaba para que siempre luciese esa majestad que le corresponde al Hijo de Dios, pues haciendo excelentes las pequeñas cosas, transmitía esa excelencia para que todo alcanzase esa Primitiva perfección aprendida de sus mayores, transmitida y dejada en herencia a las generaciones venideras. Mientras en San Antonio Abad le rezamos cinco padrenuestros según prescriben nuestras santas reglas, en el atrio celeste el canastilla del minitramo dice “está” cuando le nombra el Dulcísimo Nazareno.