A la hermandad de chiquitito le debemos
la emoción de la primera papeleta de sitio, de ese hermano (años después será
hermano mayor) que te tomó la medida y busco tu primera túnica en el armario de
la hermandad.
En nuestra
ciudad, las hermandades y cofradías conforman en una parte muy importante el
tejido social de la urbe, por ello la mayoría de sus habitantes forman parte de
alguna de ellas. Esta pertenencia, como ya se ha hablado en muchas ocasiones,
tiene su origen en varias y diferentes causas, pero sin duda una de las más
habituales es por la “familia”, pues el ser cofrade es algo que, en la mayoría
de los casos, se transmite de padres a hijos. Esta pertenencia a la hermandad
familiar, dependiendo de qué tipo de hermandad sea, de negro o de música,
conllevaría que el niño no podría participar en la estación penitencial como
sus mayores, máxime teniendo en cuenta que en años pasados no era habitual la
participación de monaguillos en número tan importante como hoy día, por lo que
para salir de nazareno, de niño, había de buscarse una hermandad donde si
estuviese permitida su participación. Hablamos de la hermandad de chiquitito. Si
bien el motivo fundamental por el que llegamos a nuestra hermandad de
chiquitito es poder salir de nazareno los que somos de hermandades de negro,
son muy aleatorias las razones que nos llevan a una u otra hermandad, que en
resumen son siempre las mismas: familia, cercanía, amistad,…
Los orígenes
cofrades familiares de nuestro protagonista son de negro, por lo que para salir
de nazareno siendo niño hubo de buscar una hermandad de chiquitito. Hablamos de
unos años donde la vida de hermandad no era tan al uso como hoy día, sino que
estaba más circunscrita a las miembros de junta, sus allegados y familia más
cercana. Para los cofrades en general la participación se centraba en los
cultos, estación penitencial y algún acto más que hubiere. Estos actos siempre venían
marcado de un carácter extraordinario por cuanto se salía de la rutina de la
vida diaria, incluso de la propia hermandad. El sentimiento de pertenencia a las
cofradías se centraba en las convocatorias de cultos guardadas, las túnicas en
los altillos y la presencia de las convocatorias de cultos pegadas en las
columnas de la catedral que era el signo fundamental de que “esto ya está aquí”.
La hermandad de chiquitito marca nuestra
vida y nuestra existencia en el ámbito cofrade y muy posiblemente en los
demás, pues nos deja un poso en nuestro más íntimo rincón interior que es el
resultado de nuestra experiencia, de nuestras miradas, de nuestras oraciones.
A la hermandad
de chiquitito le debemos la emoción de la primera papeleta de sitio, de ese
hermano (años después será hermano mayor) que te tomó la medida y busco tu
primera túnica en el armario de la hdad: cíngulo, antifaz, “los botones puede comprarlo Vd. (a la madre) en tal mercería, llévese
uno de muestra, y el escudo ahora se lo da el mayordomo.” Primera estación
de penitencia, con tantos nervios que hasta le dio fiebre y hubieron de sacarlo
en la catedral, realizándola completa al año siguiente esperando, con ansia, en
la parroquia la entrada del palio al son de saetas y campanilleros. Nuevos
años, nuevas salidas avanzando en los tramos cada vez más cerca del paso y a la
vez también asistiendo a los cultos, sentándose bien cerquita del coro para ser
testigo de excepción de las coplas, y en la función principal para paladear esa
misa en latín que nunca había oído salvo en las historias de sus mayores. Continúan
los años, cambiando el cirio por una vara en esa insignia que pasaría a ser
como una prolongación de su casa, con esos otros cuatro nazarenos, los mismos año
tras año, con los que se conforma esa familia tan especial de los que
compartimos tramos. Un año decide no salir, pues quiere conocer las cofradías
de ese día, y ya no lo hace más. Circunstancias de la vida, esa pertenencia de solo
cultos y salida se va enfriando y a su vez, lo que tienen las cosas del corazón,
otra hermandad se cruza en su camino en la que se integra desde primera hora, donde
vive el día a día y hoy es su hermandad, aunque nunca renunció a su hermandad
de chiquitito, a la que gusta de ir, compartir los cultos con sus hermanos y
ser testigo cada año de la estación penitencial.
Se mantenga o no
la pertenencia a la misma, la hermandad de chiquitito marca nuestra vida y
nuestra existencia en el ámbito cofrade y muy posiblemente en los demás, pues
nos deja un poso en nuestro más íntimo rincón interior que es el resultado de
nuestra experiencia, de nuestras miradas, de nuestras oraciones. La hermandad
de chiquitito permanece siempre en nuestra memoria y en mi caso particular me
enseñó la devoción al Rey de Reyes.
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