Como una espiral
sin fin, un año termina y otro nuevo se abre ante nuestros ojos donde volver a vivir
las diferentes estaciones, momentos y fiestas en ese ciclo sin fin que es la vida,
y que año a año se nos muestra, siempre igual pero siempre diferente, en base a
las lecciones aprendidas, a la experiencia acumulada y las diferentes tareas
que nos toquen realizar.
Aunque cada año sea
distinto, empezamos el año conmemorando, como no puede ser de otra forma, a
Jesús y a María. María como Madre de Dios y Madre nuestra que celebramos desde
el año 431 (la fiesta mariana más antigua que celebra la iglesia católica), en
que por ser madre de Jesús, y Jesús ser Dios –segunda persona de la Trinidad-
hecho hombre, merece por tanto dicho título. Por añadidura en su Sí a Gabriel –Sí
a Dios- se hizo madre de toda la cristiandad.
Comenzamos
el año venerando el Santísimo Nombre de Jesús al celebrar el quinario de Jesús
del Gran Poder, quien es el Alfa y Omega del hombre y de la ciudad.
Pero el primero
de año (día 3 según la nueva liturgia) se celebra la fiesta del Santísimo
Nombre de Jesús, nombre que le fue impuesto en su circuncisión –primera sangre
derramada por Jesús en su vida mortal- y que significa Salvador, pues viene a
salvarnos y librarnos de nuestros pecados, nombre al que debemos grandísima
reverencia por representarnos al divino Redentor que nos reconcilió con Dios y
nos alcanzó la vida eterna.

Así y a modo de
jaculatoria, bendiciendo siempre el Dulcísimo nombre de Jesús Nazareno,
terminaremos nuestros cultos diciendo: “Te adoramos Cristo y te bendecimos,
porque por tu Santa Cruz has redimido al mundo”.
Porque en el principio
del año nuevo celebramos el Dulcísimo Nombre de Jesús, como es tradición decir
en estas latitudes, recordando en cada uno de los cultos que celebran nuestras
hermandades en estos días en torno a Jesús cargado bajo el peso de la cruz, que
Cristo quiso ser por todos obediente hasta la muerte y no una muerte
cualquiera, sino una muerte de Cruz, por la que nos consiguió, pobres
pecadores, la gloria eterna y la salvación del mundo. Así y a modo de
jaculatoria, bendiciendo siempre el Dulcísimo nombre de Jesús Nazareno,
terminaremos nuestros cultos diciendo: “Te adoramos Cristo y te bendecimos,
porque por tu Santa Cruz has redimido al mundo”.
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