lunes, 15 de octubre de 2018

La Victoria y el tiempo

Publicado en la web ElCostal.org


El tiempo. Nuestro amigo común. Inseparable compañero de viaje. El que marca el ritmo de nuestras vidas y nos permite ordenar los acontecimientos que nos han sucedido, los que vivimos y los que vendrán. El que cíclicamente nos permite revivir las estaciones del año con sus diferentes temperaturas, colores, climatologías, luces… El que marca el momento de una nueva semana santa, año tras año, siempre igual y a la vez siempre diferente. Porque el tiempo combina en sí esa cualidad circular de organización estacional, y a la vez es esa línea, siempre en movimiento que, como las aguas de un río, no podemos beber dos veces. El tiempo marca nuestra vida en un constante cumplir años que, con la experiencia que nos hace acumular, hace que nunca vivamos un mismo momento de igual forma aunque se repita año tras año.

Por eso nuestras semanas santas nunca son iguales. Nuestras sensaciones al salir de nazareno siempre encierran algo nuevo. Porque, aunque cada año veamos al Gran Poder salir en San Lorenzo, la emoción que nos produce contemplar el paso firme y decidido del Hijo del Hombre tiene algo especial, como especiales y diferentes son nuestras vivencias a lo largo de cada año. Porque al contemplar cada 15 de agosto la salida de la Virgen, no puedo evitar dirigir la mirada hacia ese punto justo frente a la puerta de los palos para comprobar, una vez más, que mi tía María ya no está ahí, sino junto a Ella en el balcón del cielo, y así le sucede a cada uno con sus seres queridos, en ese punto concreto de la geografía de la ciudad en que guardamos en el corazón.

Por tanto el tiempo es inflexible, intolerante, obstinado, implacable, riguroso, intransigente… quasi dictatorial… ¿o sin el quasi?

Aunque el domingo pasado hubo un momento en que todo lo anterior quedó en evidencia, y el temible dictador invencible cayó en derrota ante la magna presencia de la Virgen de la Victoria en su Rosario hacia la Catedral, triunfal previa de su coronación canónica. No es mi intención hacer una nueva crónica del mismo, son muchos ya quienes han cantado las excelencias de este culto que tuvimos la fortuna de vivir, pero si quisiera reflexionar ante las emociones sentidas ante la Reina de las Cigarreras.

Para quienes fuimos afortunados de contemplar el traslado de la Virgen hacia la Catedral el año 2013, con motivo del 450 aniversario fundacional de la Hdad, ya nos pareció un sueño irrepetible verla atravesar los jardines de “Cristina” en la aún noche de aquel glorioso sábado de octubre y su tránsito por las calles San Gregorio, Miguel de Mañara, Triunfo y Plaza Virgen de los Reyes amaneciendo, por lo que revivir estos únicos momentos en la mañana del pasado domingo no tuvo nombre. Podría parecer un déjà vu, pero en realidad fue una cápsula del tiempo que, hizo un paréntesis en el continuo lineal, para retrotraernos a un momento único que presumíamos irrepetible. No cabría hablar de solo un traslado porque fue un auténtico acto de culto el rosario que rezamos, por activa y por pasiva, los que asistimos al mismo, porque el recogimiento de todos los asistentes, buena dirección del rezo y el marco musical tanto del Coro de la Hdad de Jesús Despojado, como los interludios musicales por los músicos de la banda de la Hdad. que pusieron la nota sonora al momento (singular binomio Cigarreras y Música) con fragmentos de las marchas procesionales habituales en el repertorio de la Hermandad, no es que invitaran a rezar, sino que cuando te dabas cuenta estábamos rezando las avemarías… En definitiva la Virgen y nosotros.

Esto mismo nos ocurre cada año ante la presencia majestuosa de la Virgen de la Victoria el Jueves Santo cuando, en su palio de cajón monumento nacional, se nos presenta en la calles de nuestra ciudad. Porque en su presencia, y en ese saber hacer de su Hermandad fruto de siglos de historia, la mirada se abstrae de todo cuanto hay en derredor, para centrarse solo en la que, con nombre de reina (de España), y bajo el palio que es buque insignia del estilo arquitectónico propio de la ciudad, une en sí la más pura esencia popular y de abolengo de la ciudad: sus antiguas cigarreras y el cariño del pueblo, un rey presidiendo su paso, el ayer hoy y mañana de la música procesional, y el más íntimo sentimiento de la urbe manifestado tanto por los antiguos vecinos de siglos pasados hasta el que le tributan los actuales residentes del barrio de Los Remedios y todo aquel que, como quien suscribe, profesa especial devoción a la Virgen de la Victoria.

Cuando la Virgen de la Victoria pasa cada año por la esquina de la calle San Fernando se produce este momento “impasse” sobre el reloj, pues al mirar el discurrir de su Imagen por el que es punto de unión de su antaño y hogaño, como nos decía Antonio Burgos hace unos días se nos viene a la mente la imagen de su paso rodeado de sus cigarreras, S. M. presidiendo, los punkies del postigo y sus devotos que vamos a rezarle y pedirle salud para poder saludarla un nuevo Jueves Santo donde, de nuevo, volveremos a abstraernos de todo lo accesorio centrándonos solo en Ella, reviviendo una vez más su Victoria sobre el tiempo.  
 


sábado, 22 de septiembre de 2018

Naturalidad

Publicado en la web ElCostal.org



Son muchas las Hermandades y Cofradías que existen en la actualidad, deben ser unas 60 solo de penitencia y solo en nuestra Sevilla capital, por hacernos una idea. En todas ellas el fin último es el mismo, dar culto a Dios Nuestro Señor y a su bendita Madre a través de la convivencia fraterna (de aquí lo de hermandad) entre sus hermanos. A simple vista puede parecer ilógico que existan tantas corporaciones dedicadas al mismo fin, pero son muchas las diferencias que existen entre todas ellas. En primer lugar son diferentes los momentos de la Pasión del Señor que se contemplan en cada una, y además, sobre todo en Hermandades que consideren un mismo momento de la pasión, cada una de ellas se fija en un aspecto concreto del mismo y sobre todo, y esto vale para todos los casos, cada Hermandad tiene una forma personal y particular de hacer las cosas, lo que les confiere su propia identidad. Es humano, e inevitable, hacer algún tipo de comparación entre las distintas Hermandades, aunque ya hemos partido de la premisa que cada una de ellas tiene su forma personal de hacer, lo que hace que sea difícil hacer comparaciones entre ellas, pero en nuestra imperfecta humanidad no podemos evitar hacernos preguntas tipo: “esta hermandad es mas “seria” que la otra… (ponga cada uno el ejemplo que guste) ¿Por qué?”
Desde antiguo la ciudad sabe como ha de hacer las cosas, aplicando en cada momento la medida justa de lo que se celebra y poniendo de manifiesto la personalidad propia de cada barrio, de cada feligresía, de cada plaza. En cada uno de sus rincones la ciudad se sabe expresar con la forma particular de cada uno de sus vecinos y, en la unión de todos ellos todos se fragua ese sello personal que queda como bandera de la esencia propia de cada una de sus collaciones. De esta fuente han bebido las diferentes Hermandades y justo su forma de hacer viene definida por la propia historia de cada una y del barrio y sus gentes donde han crecido y se han desarrollado.

También es cierto que a lo largo de la historia hemos visto en determinados momentos como este orden natural se veía alterado por nuevas modas que en poco tienen que ver con las formas tradicionales de hacer. Algunas de estas innovaciones se han ido asumiendo como evolución natural de la fiesta, integrándose en las costumbres propias como nuevas tradiciones y otras han terminado desapareciendo, no sin antes alterar el orden hasta entonces establecido. También hay veces que estos movimientos de cambio vienen promovidos por personas, individualmente o en grupo, que buscan el cambio más por un minuto de gloria que por una mejora real y efectiva de la fiesta. Recientemente y  en  este  sentido he leído una entrada de un conocido blog alertando de estas situaciones, fundamentalmente de personas que buscan un falso protagonismo en detrimento, en nuestro caso, de los auténticos protagonistas que son los que van encima de los pasos. Pero no es a esto a lo que me quiero referir, sino a las propias Hermandades en sí, porque es en el seno de las mismas donde en ocasiones se pretende protocolarizar en exceso algunas cuestiones que en absoluto necesitan nada mas que la naturalidad. Y ¿Qué es la naturalidad? Según el diccionario es la cualidad de natural, espontáneo o sencillo en la manera de ser o de comportarse. Natural es aquello que no tiene ni elaboración ni artificios, tal y como es en realidad.

La mayoría de las Hermandades, al menos las que conozco que gracias a Dios son bastantes, en sus muchos años de existencia tienen una forma tradicional de hacer las cosas y que además son fiel reflejo del espíritu propio de cada una de las corporaciones el cual viene definido, como habíamos apuntado anteriormente, por su propia historia y por su barrio o feligresía. A veces podemos ver como Hermandades cambian las formas de celebrar algunos de sus actos y cultos incorporando modelos característicos de otras corporaciones sin adecuarlos a su propia personalidad, lo que les hace perder identidad. Igualmente hay Hermandades que incluyen excesos de protocolos en las formas de sus actos cotidianos,  lo que termina convirtiendo un acto íntimo y sentido en algo más propio de un espectáculo quasi teatral.

Volviendo al ejemplo que poníamos al principio de esta reflexión (insisto: cada cual lo vea con el ejemplo que guste), las Hermandades “serias” no necesitan hacer nada especial para demostrar su seriedad, simplemente basta que cada hermano lleve asumido internamente lo que va a realizar y debe hacerlo en la forma como es tradicional. Cuando importamos formas que no nos son propias, o bien queremos exagerar unos determinados comportamientos que son ya tradicionales en las corporaciones, se cae en un artificialidad que desnaturaliza el propio acto que se va a realizar perdiendo, no solo el sentido primero de éste, sino que en muchas ocasiones lo deja vacío de contenido al desaparecer esa frescura y espontaneidad que da validez a las cosas nacidas en el seno del pueblo, que no olvidemos es donde nuestra Semana Santa nace y se hace, pues es el reflejo de la piedad popular.

lunes, 20 de agosto de 2018

Agosto efímero, agosto eterno


Publicado en la web ElCostal.org


Ocurre justo en agosto. En esa precisa mañana de Sevilla en la que el olor a nardos prevalece sobre todo. En ese momento en que no se sabe si aún es noche, madrugada o preludio de un amanecer que está por llegar. Al dirigirme al encuentro de quien no necesita más nombre que La Virgen, me encontré con un buen amigo y hermano con quien compartí camino hacia la Patriarcal. Amén de preguntarnos por la vida y nuestras familias, no pudimos disimular el gozo sentido al disponernos a acompañar en su tránsito por las gradas a quien es la devoción más íntima de la ciudad, heredada directamente de nuestras madres, tías y abuelas, convinimos que uno de los grandes valores que tiene la salida de la Virgen de los Reyes es precisamente lo efímero de la misma, tan solo una vuelta en torno a su casa que en poco más de una hora nos devuelve a ese anhelo e ilusión por volver a sentirla cerca un año más, colmándola de salves y avemarías en la satisfacción de haber cumplido ese rito familiar que nos une en el recuerdo de nuestros mayores. Es justamente la brevedad de esta procesión de La Virgen lo que le confiere su auténtico valor. Y viene todo este preámbulo a que precisamente es ésta fugacidad la que pone el valor añadido en las cosas y las hace mucho más preciadas, justamente lo que nos ocurre con nuestras hermandades y cofradías y la semana santa.
                                                             
Porque el día santo de la estación penitencial es precisamente eso: un día. Más allá del tiempo que dura la procesión lo solemos prolongar con ese preludio de la visita matutina a los templos donde comprobamos que todo está dispuesto, abrazamos a nuestros hermanos y damos gracias a nuestro titulares por permitirnos acompañarles un año más, y les pedimos por los nuestros y por todos. Por más que queramos exprimirlo, es justamente un solo día, no hay más. Es ese regusto que nos queda en el paladar recordando todo lo vivido en esas horas lo que nos hace mantener el recuerdo de ese gozo experimentado y que lo revivimos en esta tertulia fraterna con nuestros hermanos rememorando los pormenores de la salida y viendo las magnifica imágenes en videos y fotografías que se nos regalan a través de las RRSS y medios de comunicación.

Esta fugacidad responde entre otras cuestiones a la diferente percepción del tiempo que tienen los niños frente a los adultos: de niño nos parece que el tiempo transcurre de  una manera muy lenta y pausada mientras que de adulto vuela. Esto es porque el niño está aprendiendo, no conoce las cosas y al vivirlas por vez primera tiene que fijarse tanto en todos los detalles que hace tener esta percepción lenta del tiempo transcurrido. Es como ver una película  por primera vez, o cuando por gustarnos mucho la vemos una y otra vez sabiéndonos hasta los diálogos. Por eso es tan importante que vivamos en plenitud la fiesta para ser capaz de retener esa sensación de nuevo descubrimiento cuyo recuerdo perdure de tal forma que mantenga intacta la ilusión del niño que vive en nuestro interior y así transformaremos lo que es un suspiro e algo que perdure eternamente en nuestra memoria.

Y justo, en esta fugacidad, está éste mes. Autentico mes de La Virgen  que, como apuntábamos antes, en Sevilla no hay que decir su advocación para saber a cual nos referimos. Y entre besamanos, novena y octava da contenido a todo el mes de la Asunción y que también es Dormición y Tránsito en esa mágica mañana del 15 de agosto. Pero también es Ángeles, Francisco y Porciúncula. Virgen Blanca y de las Nieves, Virgen de África. Refugio de los pecadores, Caridad, Oliva, Huertas… Pentecostés renovado, Rocío Chico en la Aldea y cada siete años en Almonte. Realeza de María, Fuente de nuestra Salud… ¿cabe más devoción a la Virgen en un solo mes?

domingo, 12 de agosto de 2018

Sueños...

Publicado en la web ElCostal.org




Según el diccionario varias son las definiciones de sueño. Por un lado sería el acto o acción de dormir. También es la representación en la fantasía de imágenes mientras se duerme. Por otro lado decimos que sueños son los proyectos, deseos o esperanzas de las personas cono sin posibilidad de realizarse, e incluso llegamos a decir que sueños dorados son los mayores anhelos de una persona y justo a estos últimos me quiero referir.
La semana santa que tanto nos gusta y que casi vertebra, en muchos casos, nuestra vida diaria en torno a las distintas hermandades y cofradías es fugaz. De viernes de dolores a domingo de resurrección es apenas un suspiro que nos deja la miel en los labios y unos enormes deseos de volver a revivir esos momentos tan íntimos como esperados durante todo el año y de los que mantenemos el anhelo de volver a vivirlos, siendo en el tiempo vacacional y de descanso veraniego cuando se hace mas patente, aún cuando las “glorias” que también suponen esos momentos singulares para sus hermanos y devotos, nos sirvan para evocar en el pensamiento dichos momentos grandes de nuestro ser. Medios de comunicación y redes sociales nos ayudan en este recuerdo con los vídeos y fotografías que comparten a diario, pero es la memoria la herramienta principal que nos hace soñar despiertos y revivir esos momentos deseados, tanto aquellos ya vividos, como los que están por llegar.
Así soñamos con volver a vivir los cultos anuales de la hermandad en compañía de nuestros hermanos y amigos: quinario, función principal, comida de hermandad, bien como acólitos, participando en las eucaristías haciendo las lecturas, oraciones, colectas, portando los cirios en la consagración o procesión claustral, y sobre todo en las convivencias posteriores a los cultos lo cual nos lleva a conseguir uno de los objetivos principales dela hermandad, que a través de estrechar lazos fraternos con nuestros hermanos demos culto a Dios y a su Santísima Madre.
Soñamos siempre con la rampa del Salvador, autentico punto de inflexión en la cuaresma sevillana que marca el inicio de la semana santa; eterno lugar de juego de los niños de todas las generaciones y crisol del sentimiento que funde el corazón del cofrade con ese fuego vivo de los días grandes que anuncia, pues si hay un auténtico “pregón” de la semana santa de Sevilla, éste es sin duda la rampa del Salvador.
Soñamos con volver a vestir la túnica nazarena junto a las imágenes de nuestra devoción para, a través de la penitencia y memoria de la pasión del Señor, celebrarle resucitado a la vez que en nuestro recuerdo nos unimos a nuestros mayores que nos enseñaron el camino y con quienes compartimos dicha estación penitencial aunque ya gocen de la presencia del Padre.
Soñamos con repetir ese momento en que escuchamos en calle Cuna como el Señor de la Sentencia avanza por Sierpes con Consolación y Lágrimas, mientras contemplamos el solemne caminar de Jesús Nazareno sin poder evitar esa efímera intuición de que avanza un poco más con el izquierdo…
Soñamos con despertar una mañana de noviembre, salir al balcón y encontrarnos con la Amargura bajo palio camino de la catedral para celebrar el aniversario de su coronación, así como esa mágica y eterna chicotá de cuatro amarguras en el andén del ayuntamiento en 1979 en el regreso a su casa.
Soñamos con un mes de mayo lleno de Esperanza en el que, por más larga que sea su procesión, para nosotros siempre es un “suspiro”.
Soñamos con ser testigos nuevamente de la Misericordia del Señor, que en Noviembre fue la auténtica manifestación de su Gran Poder a plena luz del sol.
Soñamos con la Esperanza bendiciendo a Triana y a Sevilla en el mes de Junio mientras anhelamos los días grandes que se avecinan como colofón a su Año Jubilar.
Soñamos con acompañar cada madrugada a la Gloria de los Nazarenos, recordándola especialmente en una mañana de mayo proclamando al mundo que es la Llena de Gracia, mientras suena Virgen de las Aguas.
Soñamos con la Virgen de los Dolores que hace del Cerro una fiesta en su honor cada día del año, y un júbilo desbordado cada vez que sale a ver a sus vecinos.
Soñamos con todas y cada una de las Coronaciones canónicas de las imágenes de la Santísima Virgen, que por muchas que puedan ser no deja de ser un momento de dar gracias a Dios a través del cariño hacia su Madre y deseando ser testigos de su Victoria y de contemplarla rodeada de todos los Ángeles del Cielo.
Soñamos con tantas cosas…, y somos tantos cofrades cada uno con sus propios sueños… No habría papel en el mundo para recoger los sueños de todos. Pero independientemente que vuestro sueño esté o no en esta breve reseña, lo más importante de todo es que nunca dejemos de soñar. Como dice siempre un buen amigo y cofrade: ¡Sigan soñando, artistas!

domingo, 8 de julio de 2018

Las manos del nazareno

Publicado en la web ElCostal.org

Sin lugar a dudas es, la estación de penitencia, el acto central en la vida de una cofradía. Es el culto colectivo y público que en ellas es ofrecido a Dios, y es fiel reflejo de la propia hermandad porque en él se manifiesta tanto su impronta, como su imagen, su sello, su forma de ser, lo que los años y sus hermanos han hecho de ella. Por eso la estación de penitencia de cada cofradía es tan distinta: pues, a pesar de ser una misma cosa y un mismo acto de culto, cada una refleja la personalidad, historia e idiosincrasia de su hermandad, haciendo de ello algo único.
Siendo como es un acto colectivo, la estación de penitencia tiene un marcado componente individual ya que, aunque los hermanos vamos todos juntos, cada uno de ellos guarda su propia identidad para sí y, dentro del anonimato que nos ofrece la túnica penitencial, cada uno va con sus propias ideas, sus propias motivaciones, sus propios problemas, y en definitiva con su propia persona. Porque nadie ha de ver como es la penitencia particular de cada uno y porque, desde el anonimato personal, el protagonismo del momento recae exclusivamente en la hdad que lo organiza y en Jesús y María que son quienes reciben dicho culto. Pero, aunque el nazareno es anónimo, sin ningún signo de distinción que le personalice entre los demás, solo sus manos al aire en aquellas hermandades que no llevan guantes nos permiten acercarnos a la persona que va bajo esa túnica que a todos nos hace iguales, y con su sola contemplación podemos acercarnos a cada uno de ellos.
Así nos encontramos con las manos de los niños, cuyos pequeños dedos dejan entrever esa ilusión desmedida por poder formar parte del cortejo de quienes visten la túnica con el antifaz cubriendo el rostro, y que aunque, ya han visto cumplido el sueño de salir de nazareno, aún mantienen esa impaciencia de quien no ve pasar el tiempo para que su anhelo se haga realidad. Manos infantiles que antes han sido manos de bebé que, de túnica o de monaguillo vestidos de “cristianar en cofrade”, han sido presentados por sus padres a la Virgen de su hermandad en una parada cualquiera del paso de palio, o que algún año después han sujetado el canastito donde llevaban los caramelos que aliviarían la espera del público que contempla el discurrir de la cofradía mientras llega el paso tras las filas de nazarenos. Manos que también se aferraban a la de su padre, de esparto y ruan, cuando vestido de paje y papeleta de sitio en mano se dirigían hacia la Iglesia donde el Rey David muestra su Triunfo ante sus hijos mientras le rezan el Credo.
Nos encontramos con las manos de los preadolescentes que, aunque ya saben lo que es salir con su hermandad, conservan y muestran en ellas esa impaciencia estrenada siendo niño pero que se mantiene intacta como el primer día. Manos que juegan con las velas, se llenan de cera y ponen estampas en el cirio para que la luz esté lo más cerca posible de la imagen de su devoción. Manos de adolescente que revelan el logro obtenido por el puesto de privilegio que pueden ocupar saliendo de acólitos muy cerquita de su Cristo y de su Virgen; acólitos que aunque vayan a cara descubierta mantienen la discreción de su presencia pues la cercanía del paso concede el protagonismo a quienes va dirigido el culto y la penitencia.
Manos de joven, agarradas al zanco del paso asomando por el faldón dando testimonio de un autentico trabajo de equipo de quienes son los pies de Dios y la Virgen. O esas otras manos jóvenes que, sujetando la corneta, con las baquetas del tambor, o con cualquier otro instrumento de madera, metal o percusión, ponen banda sonora a nuestras estaciones penitenciales. Manos de recién casado portando la alianza matrimonial o de padre o madre esperando ver a los hijos para darles caramelos, estampitas o medallitas. Manos adultas que, desde su cirio o insignia, exhiben el conocimiento que la vida les va otorgando y que, en el día a día de familia y hermandad, van legando a las nuevas generaciones de cofrades. Manos veteranas de piel arrugada que, en sí, acumulan la experiencia de toda una vida dedicada a su hermandad, manos aferradas a su canasto, vara, bocina, manigueta o palermo.
Hoy quiero recordar a un nazareno especial, cuyas manos son de éstas últimas. Manos llenas de arrugas que, cada una de ellas, es testigo de un hermano que, como censor, entrevistó para que formase parte de la cofradía. Arrugas que, con amor de hijo, quitaba de la túnica de Jesús Nazareno, cuyos pliegues arreglaba para que siempre luciese esa majestad que le corresponde al Hijo de Dios, pues haciendo excelentes las pequeñas cosas, transmitía esa excelencia para que todo alcanzase esa Primitiva perfección aprendida de sus mayores, transmitida y dejada en herencia a las generaciones venideras. Mientras en San Antonio Abad le rezamos cinco padrenuestros según prescriben nuestras santas reglas, en el atrio celeste el canastilla del minitramo dice “está” cuando le nombra el Dulcísimo Nazareno.